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Quelina

El caparazón dorado que Quelina miró al espejo

amor propio final

na mañana tranquila, cuando el sol apenas comenzaba a pintar el cielo de naranja, Quelina caminó sola por el Valle Esmeralda. No buscaba nada en especial. Solo sentía ganas de caminar despacio y escuchar el mundo.

De pronto, encontró algo que nunca antes había visto: un pequeño estanque escondido entre dos piedras suaves y redondas. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo de cristal.

Quelina se acercó con curiosidad y miró hacia adentro.

Ahí estaba ella.

Sus cuatro patitas cortas. Su cuello un poco arrugado. Sus ojos grandes y oscuros. Y su caparazón, con las espirales doradas que tanto le habían costado ganar con cada cosa aprendida.

—Hola —le dijo al reflejo, casi sin darse cuenta.

En ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando con sus alas de colores.

—¿Con quién hablas, Quelina? —preguntó Mara, posándose suavemente sobre una piedra.

—Conmigo —respondió Quelina, un poco sorprendida de su propia respuesta.

Mara miró también el estanque y sonrió.

—¿Y qué ves?

Quelina pensó un momento. A veces, cuando se miraba, solo notaba lo que no le gustaba: que era lenta, que su cuello tenía arrugas, que sus patas no eran elegantes como las de Mara.

Pero ese día, algo fue diferente.

Vio sus patas y recordó todos los caminos que había recorrido con ellas. Vio su cuello y recordó cómo lo había estirado para alcanzar hojas altas cuando tenía mucha hambre. Vio sus ojos y recordó todas las estrellas que había mirado, todos los amigos que había encontrado, todas las lágrimas que había secado, las suyas y las de otros.

Y vio su caparazón. Brillante. Dorado. Lleno de espirales que contaban su historia.

En ese instante, las espirales comenzaron a brillar más que nunca, como si el caparazón también estuviera feliz.

—Veo a alguien que ha vivido mucho —dijo Quelina en voz baja—. Alguien que ha tenido miedo y siguió caminando. Alguien que ha amado y ha sido amada.

Mara la miró con ternura.

—Eso es lo más bonito que alguien puede ver cuando se mira —dijo la mariposa.

Quelina respiró profundo. El agua del estanque reflejó su sonrisa.

No era perfecta. Pero era ella. Y eso, pensó, era exactamente suficiente.

Antes de seguir su camino, Quelina tocó el agua con una patita. El reflejo se movió suavemente, como si también le dijera adiós.

Y Quelina caminó de regreso al Valle con la cabeza un poco más alta, el corazón un poco más liviano, y el caparazón brillando como el sol de la mañana.

💛 QUELINA NOS DICE...

Mirarte con amor es el primer paso para conocer el regalo más especial que existe: tú mismo.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos frente a un espejo y pídele a tu hijo o hija que diga en voz alta tres cosas que le gustan de sí mismo, pueden ser de su cuerpo, su corazón o algo que sabe hacer bien. Paso 2: Túrnense: el adulto también dice tres cosas que admira de sí mismo, para que el niño vea que quererse es algo que todos practicamos. Paso 3: Despídanse del espejo con una sonrisa y un saludo, igual que lo hizo Quelina, como un pequeño ritual de amor propio que pueden repetir cada día.

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El caparazón dorado que Quelina miró al espejo
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