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Rana bebé Lila
No puede quedarse quieta
En el charco más pequeño del bosque, donde la luna venía a beber agua cada noche, vivían pequeñas ondas que susurraban secretos. El agua olía a hojas mojadas y a promesas de lluvia.
Allí vivía Lila, una ranita bebé del color de las violetas después de la lluvia. Tenía ojos grandes como dos gotas de rocío y patitas que no sabían estar quietas ni un segundo. Boing-boing, boing-boing. Todo el día, todo el tiempo. Sus patitas tenían vida propia.
Mamá rana le decía: "Lila, mi amor, ven a descansar conmigo sobre la hoja de loto." Pero Lila no podía. Sus patitas decían boing-boing y ella saltaba del agua a la orilla, de la orilla a una piedra, de la piedra a otra hoja. Plash-plash-plash. El agua reía con cada salto.
Papá rana le cantaba canciones suaves para que se durmiera: "Duerme, ranita, duerme ya, que la luna te cuidará." Pero las patitas de Lila no entendían de canciones de cuna. Boing-boing-boing. Saltaba incluso dormida, como si tuviera resortes en lugar de huesos.
Los otros animalitos del charco comenzaron a susurrar: "¿Por qué Lila no puede estar quieta como nosotros?" Las libélulas se posaban elegantes sobre el agua. Los peces nadaban en círculos perfectos y silenciosos. Solo Lila hacía boing-boing-boing sin parar.
Una noche, cuando la luna estaba especialmente redonda y plateada, Lila se sintió muy sola en medio de su propio movimiento. Sus patitas saltaron hasta el borde más alejado del charco, donde las sombras eran más oscuras. "¿Por qué soy tan diferente?" susurró al agua que temblaba con sus lágrimas pequeñitas.
Fue entonces cuando escuchó pasos muy, muy lentos. Una anciana tortuga apareció entre los juncos, con estrellas doradas brillando suavemente en su caparazón como si fueran lucecitas de navidad.
"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón," dijo Quelina con una voz suave como terciopelo. Se acercó despacio y se sentó junto al agua. "¿Sabes qué hace especial a cada gota cuando llueve?"
Lila paró de saltar por primera vez en mucho tiempo. En el silencio, escuchó algo maravilloso: el charco hacía música. Cada uno de sus saltos había creado ondas que sonaban como campanitas. Plash-ting-plash-ting. Era la canción más hermosa del bosque.
"¡Mis saltos hacen música!" gritó Lila, y esta vez saltó con propósito. Boing-plash-ting. Boing-plash-ting. El agua cantaba, la luna bailaba en las ondas, y todos los animalitos comenzaron a moverse al ritmo de la canción de Lila.
Mamá y papá rana llegaron nadando y vieron a su pequeña dirigiendo la orquesta más bella del mundo. "Nuestra Lila no está inquieta," dijeron abrazándola, "está haciendo música con el corazón."
Desde esa noche, cuando la luna viene a beber agua, Lila toca su concierto de saltos y todo el bosque se duerme arrullado por la danza del charco de luna.
Cada corazón tiene su propio ritmo, y eso es lo que lo hace único.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Sabes qué hace especial a cada gota cuando llueve?"
✨ Cada corazón tiene su propio ritmo, y eso es lo que lo hace único.