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El pequeño desliz de cristal

Foca bebé Desliz

Caerse y levantarse

En el rincón más brillante del mundo, donde el hielo suena como campanitas cuando el viento lo toca, vivía la foquita más pequeña que jamás había visto el océano. El sol convertía cada cristal de hielo en una estrella diminuta, y todo, absolutamente todo, relucía como si fuera el primer día del universo.

Desliz tenía las aletas más suaves que una nube y los ojos más redondos que la luna llena. Era valiente como un oso polar, pero... ¡ay! Cada vez que intentaba caminar sobre el hielo, sus aletitas resbalaban y terminaba sentadita sobre su pancita. "¡Pum!" sonaba cuando se caía. "¡Ja-ja!" se reía porque le hacía cosquillas.

Una mañana que olía a sal y a aventura, Desliz decidió que ya era hora de deslizarse como las focas grandes. "¡Hoy sí!" gritó con su vocecita que sonaba como un silbido de tetera. Se impulsó con todas sus fuerzas... y ¡zas! Resbaló tanto que rodó como una pelotita mullida hasta el borde del témpano.

Pero cuando quiso levantarse para intentar otra vez, las aletitas no la obedecían. El hielo estaba muy, muy resbaloso. "¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!" Una y otra vez volvía a caer. Los copos de nieve parecían reírse bajito, pero no de forma burlona, sino como cuando mamá se ríe porque algo es tierno.

Desliz se quedó quietecita sobre el hielo frío. Sus bigotitos temblaron un poquito, no de frío, sino de algo que se sentía como cuando las nubes tapan el sol. "Todas las focas grandes se deslizan tan fácil... ¿por qué yo no puedo?" susurró al viento que olía a pescaditos.

Fue entonces cuando el hielo se llenó de lucecitas doradas que danzaban como si fueran peces de luz. Una tortuga muy, muy antigua apareció caminando despacio, tan despacio que parecía que el tiempo se había vuelto miel espesa.

"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón," murmuró Quelina con una voz que sonaba como olas suaves. Sus ojos brillaron como estrellas. "¿Sabes qué hace que el hielo sea resbaloso, pequeña Desliz?"

Desliz se quedó muy quietita, escuchando. Y entonces... ¡lo entendió! El hielo era resbaloso porque estaba pulido por miles de focas que también se habían caído antes de aprender. Cada caída había hecho el hielo más brillante.

"¡Pum!" se volvió a caer, pero esta vez se rió con ganas. "¡Pum! ¡Pum!" Cada caída la hacía más valiente. Y de repente, sin darse cuenta, ya estaba deslizándose suavecito, como si el hielo y ella fueran amigos de toda la vida.

Esa noche, cuando mamá foca la arrulló bajo las estrellas que brillaban como diamantes, Desliz susurró: "Mamá, hoy aprendí que caerse también es parte de volar."

Y el viento, que había estado escuchando todo el tiempo, llevó esas palabras a todos los rincones del mundo donde otros pequeños también estaban aprendiendo a levantarse.

EL MOMENTO DE QUELINA 🐢

"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Sabes qué hace que el hielo sea resbaloso, pequeña Desliz?"

Cada caída pule el camino hacia donde queremos llegar.