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El abrazo más suave del mundo

Erizo bebé Púas

Lastimar sin intención

En el claro donde la hierba crece más verde y suave, los rayos del sol dibujaban círculos dorados en la tierra. El aire olía a miel silvestre y a hojas nuevas. Era el lugar perfecto para jugar.

Púas era el erizo más pequeño del bosque. Sus púas brillaban como agujas de plata bajo la luz del amanecer. Tenía los ojos más dulces que jamás había visto una ardilla, y su naricita negra siempre temblaba de curiosidad. Pero había algo que lo ponía muy triste: cada vez que quería jugar con sus amigos, ¡auch!, sin querer los pinchaba.

Esa mañana, Púas vio a Copito el conejito corriendo entre las flores. "¡Hola, Copito! ¿Jugamos?", le gritó con alegría. Corrió hacia él con sus patitas cortas, tam-tam-tam-tam. Pero cuando Copito lo abrazó... "¡Ay, ay, ay!", gritó el conejito, y se fue saltando muy rápido.

Luego vio a Plumita la pollita amarilla picoteando semillas. "¡Plumita, espérame!", le dijo Púas rodando como una pelotita gris. Quería darle un abrazo de buenos días, pero apenas la tocó... "¡Pío, pío, pío!", chilló Plumita y voló lejos, muy lejos.

Púas se sentó bajo el árbol más grande. Sus ojitos se llenaron de lágrimas brillantes como rocío. Su corazoncito latía pum-pum-pum muy despacio, y se sintió como una nube gris en un día de sol.

Entonces, sin hacer ruido, apareció Quelina. Sus constelaciones doradas brillaban más que nunca. Se acercó despacio, muy despacio, y sus ojos antiguos miraron a Púas con tanto cariño que el aire se volvió tibio.

"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón."

Quelina se quedó quieta junto a él. Luego, con una sonrisa que llegaba hasta las estrellas, le preguntó: "¿Has pensado, pequeño Púas, que tal vez tu manera de amar es diferente... pero no menos hermosa?"

Púas levantó su naricita. En ese momento, una mariposa azul se posó en su cabecita, entre sus púas, sin lastimarse. La mariposa no tenía miedo. Sus alitas brillaron como cristales de agua.

"¡Las púas me protegen!", susurró la mariposa. "Aquí estoy segura del viento fuerte."

Púas sonrió por primera vez en mucho tiempo. Entendió que sus púas no eran para lastimar... eran para cuidar. Desde ese día, se convirtió en el guardián más tierno del bosque. Los pajaritos dormían entre sus púas cuando llovía, y las mariposas descansaban ahí cuando estaban cansadas.

Y cuando llegó la hora del abrazo con mamá, Púas se hizo una bolita suave, guardó todas sus púas hacia adentro, y se convirtió en la pelotita más amorosa del mundo entero.

La luna esa noche brilló diferente, porque había aprendido algo nuevo sobre el amor.

EL MOMENTO DE QUELINA 🐢

"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón." Quelina se quedó quieta junto a él. Luego, con una sonrisa que llegaba hasta las estrellas, le preguntó: "¿Has pensado, pequeño Púas, que tal vez tu manera de amar es diferente... pero no menos hermosa?"

A veces lo que nos hace diferentes es exactamente lo que el mundo necesita.