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Flamenco bebé Rosita
Aprender a caminar
En la laguna rosada, cuando el sol pinta rayas doradas sobre el agua, las burbujas suben despacio como globos de cristal. El viento huele a flores de loto y a mañanas nuevas.
Rosita era la flamenco más pequeña de toda la bandada. Sus plumas brillaban como algodón de azúcar y tenía las patas más largas y flaquitas que jamás habías visto. Pero había un problema: esas patas no sabían estar quietas. Cuando Rosita quería caminar, una pata se iba para la izquierda, la otra para la derecha, y ella... ¡plof! ¡Al agua!
Todas las mañanas, Rosita veía a los flamencos grandes caminar elegantes como bailarinas. Un paso, dos pasos, tres pasos... y se quedaban perfectos sobre una sola patita. "Yo también puedo", pensaba Rosita, y lo intentaba. Pero sus patas tenían ideas diferentes. La izquierda quería ir al norte, la derecha quería ir al sur, y Rosita terminaba haciendo splits en el barro.
Papá flamenco le decía: "Despacio, pequeña". Mamá flamenco le decía: "Con paciencia, mi amor". Pero las patas de Rosita parecían tener oídos sordos. Una mañana, mientras todos los flamencos dormían parados sobre una pata, Rosita se escapó. "Esta vez lo voy a lograr", susurró.
Intentó una vez: ¡splash! Intentó dos veces: ¡plof! Intentó tres veces y se enredó tanto que parecía un nudo rosado. Se quedó sentada en el agua, con las plumas empapadas y el pico tembloroso. "Nunca voy a poder", lloró bajito, y sus lágrimas hicieron círculos pequeñitos en la laguna.
Entonces escuchó pasos lentos sobre el agua. Era Quelina, la tortuga sabia, con su caparazón brillando como un cielo lleno de estrellas. "Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón", dijo con voz suave como el algodón. Se sentó junto a Rosita y preguntó: "¿Has probado preguntarle a tus patas qué es lo que quieren?"
Rosita parpadeó sorprendida. Nunca había pensado en eso. Cerró los ojitos y susurró: "Patitas, ¿qué quieren hacer?". Y por primera vez, sintió algo diferente. Sus patas no querían correr ni apurarse. Querían... bailar. Bailar despacio, como las hojas cuando caen.
Se paró muy despacio, respiró hondo, y dejó que sus patas bailaran su propia danza. Izquierda, pausa, derecha, pausa. No era el caminar elegante de los mayores, pero era SU caminar. Y funcionó. Un paso, dos pasos, tres pasos... ¡y se quedó parada sobre una sola patita!
Cuando papá y mamá flamenco despertaron, encontraron a Rosita bailando su caminar especial sobre el agua. "¡Mira!", gritó feliz, "¡mis patas ya saben lo que quieren!" Y desde ese día, todos en la laguna aprendieron que hay muchas formas hermosas de caminar.
La laguna rosada siguió pintándose de colores nuevos cada mañana, y las burbujas siguieron subiendo como globos de cristal, pero ahora llevaban también la risa de una flamenca pequeñita que había aprendido a bailar con sus propios pasos.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón." Se sentó junto a Rosita y preguntó: "¿Has probado preguntarle a tus patas qué es lo que quieren?"
✨ Cada quien tiene su propia forma hermosa de bailar por la vida.