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Búfalo bebé Toro
Juego brusco
En la pradera donde la hierba susurraba canciones de cuna, el viento olía a miel salvaje y a flores que acababan de despertar. Las mariposas jugaban a las escondidas entre los pétalos amarillos, y el sol pintaba todo de dorado tibio.
Toro era el búfalo más pequeñito de toda la manada. Tenía cuernitos tan suaves como algodón de nube, y cuando corría, sus patitas hacían "tip-tap-tip-tap" contra la tierra mullida. Pero Toro tenía un problema: cada vez que quería jugar con sus amigos, terminaba empujándolos sin querer.
"¡Pum!" Ahí iba el conejito Saltarín, rodando como una pelotita blanca. "¡Catapún!" Ahí volaba la ardillita Nuez, dando vueltas en el aire. "¡Plaf!" Y el patito Amarillo terminaba patas arriba en el charco. Toro no entendía por qué pasaba esto. Él solo quería jugar "las correteadas" como todos.
Una mañana, Toro vio a sus amigos jugando en círculo. Se acercó despacito, moviendo la colita con emoción. "¿Puedo jugar?" preguntó con su vocecita dulce. Pero cuando se acercó, "¡PUMBA!" Sin querer, todos salieron volando como hojitas en el viento. El conejito aterrizó en un arbusto de moras. La ardillita quedó colgando de una rama. El patito chapoteó en el río.
Toro se quedó solito en medio del círculo vacío. Sus cuernitos ya no brillaban dorados al sol. Su colita ya no se movía. "No quise... no quise..." murmuró, y dos lagrimitas redondas como gotitas de rocío rodaron por sus mejillas peludas.
Justo entonces, sintió que la brisa cambiaba de dirección. Una tortuga con constelaciones doradas en el caparazón se acercó tan despacio que parecía que el tiempo se volvía miel. "Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón." Quelina sonrió con ojos que parecían guardar todos los secretos del bosque. "¿Sabes por qué tus amigos vuelan cuando juegas, pequeño Toro?" Y se quedó callada, esperando.
Toro se tocó los cuernitos y después miró sus patitas fuertes. De pronto entendió: "¡Porque soy diferente! ¡Soy fuerte como papá!" Y algo cálido como leche tibia se instaló en su pecho. Ya no se sentía raro por ser diferente.
Cuando volvió con sus amigos, Toro les propuso un juego nuevo: "¿Y si jugamos a que soy una montaña y ustedes escalan?" El conejito trepó por su lomo. La ardillita se colgó de sus cuernitos. El patito se acurrucó entre sus patas. Y todos se rieron como campanitas al viento.
Esa noche, cuando la luna se asomó curiosa entre las nubes, Toro durmió abrazado a sus amigos, sabiendo que ser diferente lo hacía especial, no extraño.
Cada corazón tiene su propia forma de amar.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Sabes por qué tus amigos vuelan cuando juegas, pequeño Toro?
✨ Cada corazón tiene su propia forma de amar.