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Grillo bebé Cri-Cri
Respetar el silencio
Cuando la luna se asoma entre las hojas del gran roble, el bosque se vuelve de terciopelo azul. Las flores cierran sus pétalos como ojitos cansados, y el viento camina de puntitas entre los helechos.
En una hoja brillante de rocío vivía Cri-Cri, el grillito más pequeño de todo el bosque. Tenía las patitas como palillos de tambor y los ojos redondos como gotas de miel. Lo que más le gustaba en el mundo era cantar: cri-cri, cri-cri, cri-cri.
Pero había un problema. Cri-Cri cantaba cuando todos dormían. En la noche, cuando las mamás ardillas acurrucaban a sus bebés, cuando los conejitos cerraban sus ojitos bajo las setas... cri-cri, cri-cri, cri-cri.
Una noche, el búho sabio le dijo con voz suave: —Pequeño Cri-Cri, algunos animalitos necesitan silencio para soñar. El grillito bajó las antenas, confundido. ¿Pero cómo iba a guardar toda esa música dentro de su pecho?
Cri-Cri intentó estar callado. Cerró fuerte su boquita. Pero la música le hacía cosquillas en la garganta. Cri... casi se le escapa. Cri-cri... no pudo evitarlo. Su canción salió como burbujas de jabón al viento.
Los conejitos se despertaron. Las ardillitas movieron sus colitas inquietas. Cri-Cri se sintió como una nube gris en un cielo de colores. Su corazoncito latía triste-triste-triste.
Entonces, despacio como la miel que gotea, apareció Quelina entre las hojas plateadas. Su caparazón brillaba con constelaciones doradas que parpadeaban suavemente.
—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —susurró Quelina, sonriendo con los ojos—. ¿Has notado que las estrellas también cantan, pero tan bajito que solo los corazones las escuchan?
Cri-Cri alzó sus antenas hacia el cielo. Ahí estaban: las estrellas cantaban con luz, sussss-sussss, como una canción de plata. Y él podía cantar igual: cri-cri, pero como un secreto entre él y la luna.
Desde esa noche, Cri-Cri descubrió que se podía cantar con el corazón. Su cri-cri se volvió suave como el aliento del viento, y todos los animalitos empezaron a soñar más bonito, mecidos por su nueva canción-susurro.
La mamá coneja lo arropó con una hoja tibia y le dio un besito en la frente. —Gracias, Cri-Cri, por cuidar nuestros sueños.
Y cuando la luna se despidió hasta mañana, el grillito se durmió sabiendo que su música y el silencio podían ser amigos.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —susurró Quelina, sonriendo con los ojos—. ¿Has notado que las estrellas también cantan, pero tan bajito que solo los corazones las escuchan?
✨ Los corazones que aman saben cuándo hablar y cuándo susurrar.