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El nido vacío que esperaba

El bosque entero

Despedirse, cerrar ciclo

En lo alto de la copa del roble más anciano, había un pequeño nido que ya no tenía pájaros. El viento lo mecía suave, tan suave, como si fuera una cuna de ramitas y plumas doradas. Mmm-mmm-mmm, susurraba el aire entre las hojas, y todo el bosque parecía cantar una nana muy, muy bajita.

El nido se llamaba Casita. Casita había cuidado a muchos polluelos durante muchas primaveras: pip-pip-pip cuando nacían, flap-flap-flap cuando aprendían a volar, y luego... silencio. Un silencio tibio que olía a recuerdos felices y a sol de la tarde.

Pero ahora era otoño, y las hojas comenzaban a ponerse amarillas como mantequilla. Toc-toc-toc, golpeaba una bellota contra la rama. «¿Para qué sirve un nido vacío?», se preguntaba Casita mientras se balanceaba. «Todos mis bebés pájaros ya saben volar solitos».

El bosque entero la escuchaba. Los árboles crujían despacito: crec-crec-crec. Las ardillas saltaban de rama en rama: hop-hop-hop. Y las hojas caían una a una: plaf, plaf, plaf, como gotitas doradas que le hacían cosquillas.

Casita se sintió muy pequeñita, muy sola. Sus ramitas temblaron como cuando llueve, pero no estaba lloviendo. El viento olía a despedida, y eso la puso triste-triste.

Entonces, desde abajo, llegó el sonido más lento del mundo. Pas... pas... pas. Era Quelina, subiendo despacio por el tronco del roble. Su caparazón dorado brillaba como estrellitas en la corteza rugosa.

«Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón», murmuró Quelina, llegando hasta la rama donde estaba Casita. Sus ojitos sabios la miraron con tanto cariño. «¿Sabes qué hace un nido cuando ya no tiene pájaros?»

Casita se quedó muy quieta, escuchando.

«Espera», susurró Quelina. «Espera la próxima primavera».

Y justo en ese momento, algo tibio y suave se instaló en el corazón de Casita. Shhh-shhh-shhh, cantó el viento, y ella entendió: no estaba vacía. Estaba llena de espera, llena de amor guardado para los próximos bebés que llegarían cuando las flores volvieran a nacer.

El sol se puso como una pelota naranja, y todo el bosque se durmió arrullando a Casita. Mmm-mmm-mmm, la nana del viento. Mañana sería otro día, y ella seguiría esperando, calientita y contenta.

Las estrellas se encendieron una por una, como lucecitas que le decían: «Buenas noches, pequeña Casita que sabe esperar».

EL MOMENTO DE QUELINA 🐢

«Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Sabes qué hace un nido cuando ya no tiene pájaros? Espera. Espera la próxima primavera.»

Todo final es solo una pausa antes de un nuevo comienzo.