na mañana luminosa, Quelina caminaba por el borde del Valle Esmeralda cuando escuchó un ruido muy cerca de sus patas: ¡brinco, brinco, brinco!
—¡Hola! Soy Salto —dijo una voz alegre.
Era un saltamontes verde brillante, con las patas largas y los ojos redondos como botones. Salto miraba fijamente una línea dorada que corría por el suelo, justo donde el pasto verde del Valle se encontraba con un bosque oscuro y desconocido.
—¿Ves esa línea? —preguntó Salto con una sonrisa traviesa—. Los mayores dicen que no hay que cruzarla. Pero yo creo que solo es una línea dibujada en el piso. ¿Qué puede pasar?
Quelina miró la línea con atención. Ella también sentía curiosidad. Sin embargo, algo en su interior le decía que esa línea no estaba ahí por accidente.
—No lo sé —respondió Quelina despacio—. Quizás deberíamos preguntar antes de cruzar.
Pero Salto ya había dado el salto más grande de su vida. ¡Cruzó la línea y desapareció entre los árboles!
Quelina esperó. Pasó un momento. Luego otro. Entonces escuchó un grito:
—¡Quelina! ¡Ayuda!
Sin pensarlo dos veces, Quelina llamó a Lumo, su amiga luciérnaga, que volaba cerca entre las flores.
—¡Lumo, Salto está en el bosque y necesita ayuda! —dijo Quelina.
Lumo encendió su pequeña luz dorada y juntas se asomaron con cuidado justo al borde de la línea. No cruzaron, pero desde allí pudieron ver que Salto estaba atrapado entre unas raíces gruesas y enredadas.
—¡Salto, no te muevas! —gritó Lumo, iluminando el camino.
Quelina pensó rápido. Buscó una rama larga cerca del borde y la extendió sin cruzar la línea. Salto se aferró a ella con todas sus fuerzas y, poco a poco, salió del enredo.
Cuando estuvo de vuelta en el Valle, Salto se sentó en el pasto y respiró hondo. Tenía las patas raspadas y el corazón acelerado.
—Pensé que era solo una línea —dijo en voz baja.
—Los límites no siempre se ven grandes —dijo Quelina con suavidad—. Pero casi siempre tienen una razón.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar con una luz cálida y tranquila.
—¿Por qué brilla tu caparazón? —preguntó Salto.
—Brilla cuando aprendo algo nuevo —respondió Quelina sonriendo—. Y hoy aprendí que preguntar antes de actuar es una forma de cuidarme a mí misma.
Salto miró la línea dorada una vez más. Ya no la veía como una trampa ni como una prohibición aburrida. Ahora la veía como una señal que le decía: aquí estás seguro.
—La próxima vez voy a preguntar primero —prometió Salto.
—Y yo estaré aquí para escucharte —dijo Quelina.
Lumo parpadeó su luz dos veces, como si también estuviera de acuerdo, y los tres amigos regresaron juntos al corazón del Valle Esmeralda, donde el sol calentaba el pasto y todo estaba bien.
Los límites no nos encierran: nos abrazan y nos cuidan.
Paso 1: Pregunta a tu hijo o hija si alguna vez quiso hacer algo que le dijeron que no debía hacer, y escúchalo con calma sin juzgar. Paso 2: Juntos, dibujen con una cuerda o una línea imaginaria en el suelo un 'límite' y conversen sobre una regla de casa: ¿para qué sirve y a quién cuida? Paso 3: Pídele que invente un final diferente para Salto si hubiera preguntado antes de saltar, y celebren su respuesta con un abrazo.
