acía tres días que Quelina practicaba su poema.
Lo recitaba mientras desayunaba, mientras caminaba entre las flores y hasta antes de dormir. Era un poema sobre el Valle Esmeralda, lleno de palabras bonitas que ella misma había elegido. El Gran Roble Sabio había invitado a todos los animales a compartir algo especial, y Quelina quería compartir ese poema con todo su corazón.
Pero esa mañana, cuando llegó al claro y vio la cantidad de animales reunidos bajo las ramas enormes del roble, algo raro ocurrió dentro de su pecho.
Pum. Pum. Pum.
Su corazón latía muy rápido. Sus patas se sentían pesadas como piedras. Y cuando intentó recordar la primera línea del poema... no había nada. Solo silencio. Las palabras habían desaparecido como burbujas en el río.
—No puedo hacerlo —susurró Quelina, escondiéndose detrás de una raíz del roble—. Lo olvidé todo. Todo, todo, todo.
Fue entonces cuando Mara, su amiga la mariposa, revoloteó suavemente hasta posarse a su lado. Sus alas de colores brillaban con calma.
—¿Qué sientes aquí adentro? —le preguntó Mara, señalando el centro del pecho de Quelina.
—Siento que algo me aprieta —respondió Quelina—. Y siento que mis patas no quieren moverse.
—Eso tiene nombre —dijo Mara con ternura—. Se llaman nervios. Yo también los siento cada vez que vuelo sobre lugares nuevos. Son incómodos, pero no son peligrosos.
Quelina la miró sorprendida.
—¿Tú también sientes eso?
—Siempre —respondió Mara—. Pero aprendí algo: los nervios y el valor pueden estar juntos al mismo tiempo. No tienes que esperar a que los nervios se vayan para ser valiente.
Quelina respiró despacio. Una vez. Dos veces. Tres veces.
Y entonces, como si la brisa del valle le trajera un regalo, las palabras del poema comenzaron a regresar, una por una, como lucecitas encendiéndose en la oscuridad.
Caminó hacia el centro del claro. Miró los rostros amables de sus vecinos del valle. Y comenzó.
Su voz tembló al principio, solo un poco. Pero siguió. Y siguió. Y cuando llegó a la última línea, su voz era clara y segura como el agua del río.
Todos aplaudieron.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron con una luz suave y cálida, como si también ellas estuvieran muy orgullosas.
El Gran Roble Sabio movió sus ramas con el viento, y Quelina sintió que ese movimiento era, también, un aplauso.
Camino a casa, Quelina le dijo a Mara:
—Los nervios no se fueron del todo. Pero igual pude.
Mara sonrió con sus alas abiertas al sol.
—Eso, pequeña tortuga, es exactamente lo que significa ser valiente.
Ser valiente no significa no sentir nervios, sino seguir adelante aunque los sientas.
Paso 1: Pídele a tu hijo o hija que recuerde algo que le dé un poco de nervios, como hablar frente a otros o intentar algo nuevo. Escúchalo con atención y sin interrumpir. Paso 2: Juntos, practiquen la respiración de Quelina: inhalen despacio contando hasta tres, y exhalen contando hasta tres. Repítanlo tres veces mientras imaginan que son una tortuga tranquila. Paso 3: Invita a tu hijo o hija a hacer algo pequeño y valiente ese mismo día, como decirle algo bonito a alguien o intentar una actividad nueva, y celebren juntos ese momento de valentía.
