na mañana, el Valle Esmeralda olía a tierra mojada y a flores recién abiertas. Quelina salía a caminar despacio, como siempre, cuando escuchó un sonido extraño junto al Gran Roble Sabio.
Era Pájara Lila, sentada en una rama baja, mirando el suelo con los ojos muy tristes.
—¿Qué te pasó, Lila? —preguntó Quelina con voz suave.
—La tormenta de anoche se llevó mi nido —respondió Pájara Lila—. Tenía ramitas, plumas suaves y un poco de musgo verde. Lo había encontrado así, ya hecho, hace mucho tiempo. Ahora no sé cómo construir uno nuevo. Nunca lo hice yo sola.
Quelina se sentó a su lado. En ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando entre los rayos de sol.
—Yo tampoco construyo nidos —dijo Mara—, pero sé que tú tienes algo especial, Lila: un pico perfecto para acomodar ramitas, y alas para encontrar lo que necesitas.
Pájara Lila miró sus alas y luego su pico. Nunca los había pensado así.
—Pero ¿y si me sale feo? —preguntó con voz bajita.
—Los primeros intentos casi nunca son perfectos —dijo Quelina—. El mío tampoco. Una vez intenté dibujar una espiral en la tierra y me salió torcida. Pero al final, me gustó porque era mía.
Lila respiró hondo. Se bajó de la rama y comenzó a caminar por el suelo del valle. Recogió una ramita delgada. Luego otra. Encontró un poco de pasto suave cerca del arroyo donde vivía Río. El pez asomó la cabeza y le dio ánimos con una sonrisa.
—¡Se ve bonito, Lila!
Ella acomodó las ramitas una sobre otra, torció algunas para que no se cayeran, y puso el pasto en el centro como una cama esponjosa. Cuando terminó, se quedó mirando su obra.
No era igual al nido de antes. Era diferente. Tenía una forma que solo ella podía haber imaginado.
—Lo hice yo —dijo en voz baja, casi sin creerlo.
En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavecito, como siempre que algo importante se aprendía en el Valle.
—¿Qué aprendiste hoy, Quelina? —preguntó Mara.
—Que crear algo propio, aunque sea distinto a lo que conocemos, tiene una magia especial —respondió Quelina—. Porque lleva adentro todo lo que somos.
Pájara Lila subió a su nido nuevo con cuidado. Era pequeño, imperfecto y completamente suyo. Y esa noche, durmió más tranquila que nunca.
Cuando creamos algo con nuestras propias manos e ideas, descubrimos una parte de nosotros que no sabíamos que existía.
Paso 1: Salgan juntos al jardín, parque o patio y recojan cinco cosas pequeñas de la naturaleza: hojas, ramitas, piedras o flores caídas. Paso 2: En casa, inviten al niño a acomodar esos elementos como quiera, sin darle instrucciones, creando lo que su imaginación le diga. Paso 3: Cuando termine, pregúntenle: '¿Cómo se llama lo que creaste?' y escuchen su respuesta con genuina admiración.
