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Quelina

Lumo y la fiesta donde nadie llegó

soledad

umo llevaba tres días preparando su fiesta.

Había recogido pétalos rosados del río, había acomodado piedras brillantes en círculo y había practicado encender su luz de muchos colores: amarillo, naranja, verde. Todo estaba listo para cuando llegaran sus amigos.

Pero esa tarde, el Valle Esmeralda se quedó muy, muy callado.

Pino no llegó. Mara no llegó. Río no llegó. Y Quelina tampoco.

Lumo esperó sentada sobre una piedra grande. Esperó tanto que las estrellas comenzaron a aparecer en el cielo. Su lucecita, que siempre brillaba alegre, ahora titilaba muy despacio, como si también ella estuviera triste.

—Quizás no les importo —susurró Lumo con voz pequeñita—. Quizás soy demasiado chiquita para que me extrañen.

Y se acurrucó entre las raíces del Gran Roble Sabio, sola.

Fue entonces cuando Quelina apareció caminando por el sendero de musgo. Venía tarde porque había ayudado a Pino a buscar a su mamá, que se había perdido cerca del arroyo. Al ver la lucecita apagada de Lumo, su corazón dio un salto.

—¡Lumo! —llamó Quelina, acercándose despacio—. ¿Estás bien?

Lumo levantó la cabeza. Sus ojos brillaban, pero no de alegría.

—Hice una fiesta —dijo Lumo—. Y nadie vino. Creo que nadie quiere estar conmigo.

Quelina se sentó a su lado. No dijo nada todavía. Solo estuvo ahí, cerca, calientita.

—A veces, cuando estamos tristes, parece que estamos solos para siempre —dijo Quelina con voz suave—. ¿Pero sabes qué? Yo estoy aquí ahora mismo, contigo.

Lumo parpadeó.

—¿De verdad?

—De verdad —respondió Quelina—. Y mañana le preguntaremos a los demás qué pasó. Quizás tienen una historia que contarte.

En ese momento, entre los árboles, apareció una lucecita. Luego otra. Y otra más.

Eran Pino, Mara y Río, corriendo por el sendero con ramitas de flores en las manos.

—¡Lumo, perdón, perdón! —gritó Mara agitando sus alas—. ¡Ayudamos a la mamá de Pino y se nos hizo tardísimo!

—¡Todavía hay tiempo para la fiesta! —añadió Río dando un saltito.

Lumo los miró a todos. Y su lucecita comenzó a crecer, despacio, hasta iluminar todo el círculo de piedras brillantes.

Las espirales doradas del caparazón de Quelina resplandecieron suavemente en la oscuridad.

Esa noche bailaron, contaron cuentos y comieron moras silvestres bajo las estrellas. Y Lumo aprendió algo que guardó muy dentro de su corazón: sentirse sola duele, pero a veces solo hace falta una voz amiga que diga «aquí estoy» para que la luz vuelva a encenderse.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cuando te sientas solo, busca una voz amiga, porque el amor no desaparece, solo a veces llega un poco tarde.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija: '¿Alguna vez te sentiste solo o sola? ¿Cómo se sintió tu corazón?' Escucha con calma y sin interrumpir. Paso 2: Juntos, hagan una lista hablada de tres personas a quienes pueden llamar cuando se sienten solos, y digan por qué esa persona les hace sentir bien. Paso 3: Dense un abrazo largo y digan en voz alta: 'Cuando estés triste, yo estoy aquí contigo.'

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