na tarde de verano, Quelina salía despacio del lago cuando levantó los ojos al cielo y se quedó paralizada. Allá arriba, muy grandes y muy grises, flotaban dos formas enormes. Una tenía colmillos. La otra parecía tener garras.
—¡Monstruos! —susurró Quelina con la voz temblorosa.
Escondió la cabeza dentro de su caparazón y se quedó muy quieta. El corazón le latía tan fuerte que casi podía escucharlo.
Pasó un momento. Luego otro. Nada pasó.
Entonces escuchó unas alitas suaves cerca de ella.
—¿Quelina? ¿Estás bien? —era Mara, la mariposa, que posó una de sus alas con cuidado sobre el caparazón.
Quelina sacó apenas un ojo.
—Hay monstruos en el cielo —dijo muy bajito—. Con colmillos y garras. Los vi.
Mara miró hacia arriba y luego sonrió con ternura.
—¿Me dejas mostrarte algo? —preguntó.
Quelina dudó. Tenía miedo. Pero también confiaba mucho en Mara. Así que, despacito, sacó la cabeza por completo.
—Mira bien —dijo Mara—. ¿Qué ves ahora?
Quelina abrió los dos ojos y miró el cielo con atención. Las formas seguían ahí, pero el viento las estaba moviendo, estirando, cambiando.
—Los colmillos... —dijo Quelina despacio—, ahora parecen orejas de conejo.
—Sí —dijo Mara—. ¿Y las garras?
Quelina entrecerró los ojos y miró con más cuidado.
—Ahora parecen... ¿una flor?
—Son nubes —dijo Mara suavemente—. Solo nubes jugando con el viento.
Quelina abrió la boca muy grande. Las nubes seguían moviéndose, cambiando de forma, y ya no parecían nada aterrador. Una se volvió un pez. Otra, una hoja redonda.
—Cuando vi las formas desde lejos —dijo Quelina pensando en voz alta—, me pareció que eran algo muy malo. Pero cuando las miré de verdad...
—Eran solo nubes —repitió Mara.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron suavecito, como cuando aprende algo que se queda para siempre en el corazón.
—A veces las cosas dan más miedo de lejos —dijo Quelina—. Antes de mirarlas bien.
Mara asintió y las dos amigas se quedaron juntas mirando el cielo, inventando figuras entre las nubes: un barco, un árbol, un caracol enorme que se parecía mucho a Quelina.
Y Quelina se dio cuenta de algo importante: su miedo no había desaparecido de golpe. Pero cuando se animó a mirar, el miedo se fue haciendo más pequeño, más pequeño, hasta que en su lugar solo quedó curiosidad.
Esa noche, Quelina durmió muy tranquila, sonriendo, mientras afuera el cielo lleno de nubes seguía jugando con las formas del viento.
Cuando te animas a mirar de cerca lo que te asusta, muchas veces descubres que no era tan terrible como parecía.
Paso 1: Salgan juntos a mirar el cielo durante unos minutos, ya sea de día con nubes o de noche con estrellas. Paso 2: Túrnense diciendo en voz alta qué formas ven, sin que haya respuestas correctas o incorrectas. Paso 3: Pregúntale a tu hijo o hija si alguna forma le pareció asustadora al principio y luego divertida al mirarla bien, y conversen sobre eso con calma.
