ra una tarde tranquila en el Valle Esmeralda cuando las nubes grises comenzaron a cubrir el cielo. Quelina estaba recogiendo flores amarillas cerca de su casa cuando sintió el aire cambiar. De repente, un sonido enorme y profundo sacudió todo el valle.
¡BUUUM!
Quelina se metió dentro de su caparazón de un salto. Allí dentro, todo era oscuro y pequeño, pero ella se sentía más segura. Su corazón latía muy rápido.
—¿Quelina? ¿Estás bien? —escuchó una vocecita dulce.
Era Lumo, su amiga la luciérnaga, que brillaba suavemente entre las gotas de lluvia que ya comenzaban a caer.
—Lumo... me asusté mucho —dijo Quelina asomando apenas sus ojitos desde el caparazón—. Ese sonido fue horrible.
Lumo se acercó y se posó sobre una piedra húmeda, justo frente a ella.
—A mí también me asustó la primera vez —confesó Lumo con una sonrisa pequeña—. Pero ¿sabes qué me enseñó el Gran Roble Sabio?
Quelina sacó un poco más la cabeza, curiosa.
—El Gran Roble me dijo que el trueno es solo el sonido que hace el cielo cuando se estira —explicó Lumo—. Como cuando tú te despiertas en la mañana y haces un gran bostezo. El cielo también bosteza, y le sale muy fuerte porque es enormísimo.
Quelina parpadeó. Eso no lo había pensado nunca.
¡BUUUM!
Otro trueno rodó por el cielo. Quelina cerró los ojos con fuerza, pero esta vez... respiró despacio. Una vez. Dos veces.
—El cielo está bostezando —se dijo a sí misma en voz bajita.
Cuando abrió los ojos, vio algo maravilloso: un rayo de luz blanca cruzó el cielo como una línea brillante, y después llegó otra vez el trueno.
—¡Primero la luz, luego el sonido! —exclamó Lumo agitando sus alitas—. El cielo primero guiña el ojo, y después bosteza. ¿Lo ves?
Quelina sonrió despacito. Salió un poco más de su caparazón y miró el cielo con otros ojos. La lluvia caía suave sobre su caparazón haciendo un sonido como pequeños tambores.
Entonces ocurrió algo especial: las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar, cálidas y hermosas, como siempre que Quelina aprendía algo nuevo.
—Lumo —preguntó Quelina—, ¿el miedo desaparece para siempre cuando aprendes algo?
Lumo pensó un momento antes de responder.
—No siempre desaparece del todo. Pero se hace más pequeño. Y tú te vuelves más grande que él.
Esa noche, Quelina durmió escuchando los truenos. Ya no se tapaba los oídos. Ahora los escuchaba y pensaba: ahí va el cielo, bostezando otra vez.
Y sonreía.
El miedo se hace más pequeño cuando le ponemos un nombre y lo miramos de frente.
Paso 1: Cuando haya tormenta, abracen a su hijo y cuenten juntos los segundos entre el relámpago y el trueno, como si fuera un juego de detectives del cielo. Paso 2: Inviten al niño a inventar su propio nombre gracioso para el trueno, como 'el bostezo del cielo' o 'el ronroneo de las nubes'. Paso 3: Antes de dormir esa noche, pídanle que dibuje con sus dedos en el aire la forma del relámpago que vio, convirtiendo el susto en un recuerdo de aventura.
