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Quelina

Lila y la aguja que brillaba de miedo

miedo doctores

n el Valle Esmeralda, junto a un charco de agua clara, vivía Lila, una ranita de color verde limón con lunares amarillos en la espalda. Lila era alegre y saltarina, pero esa mañana no había dado ni un solo salto.

—¿Qué pasa, Lila? —preguntó Quelina, acercándose despacio con su paso tranquilo de tortuga.

—Hoy tengo que ir con la doctora Búho —respondió Lila con voz muy bajita—. Y dicen que va a usar... una aguja.

Solo de decirlo, Lila se encogió tanto que casi desapareció entre las hojas.

Quelina se sentó a su lado. En ese momento, Mara llegó volando con sus alas de colores suaves, como pétalos de flor.

—Yo también tuve miedo la primera vez —dijo Mara, posándose con delicadeza—. Sentí que el corazón me latía muy rápido y quería salir corriendo.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Lila, abriendo un poco los ojos.

—Le puse nombre a mi miedo —dijo Mara—. Lo llamé 'el cosquilleo asustado'. Y cuando lo nombré, se sintió más pequeño.

Lila pensó un momento.

—El mío se llama... 'el nudo verde' —dijo al fin—. Porque es como un nudo aquí adentro —señaló su barriguita.

Quelina sonrió. Las espirales de su caparazón comenzaron a brillar suavemente con un tono dorado y cálido.

—Lila, ¿sabes para qué sirve esa aguja? —preguntó con voz dulce.

—No... —admitió la ranita.

—Es para ponerte algo especial adentro —explicó Quelina—. Algo que cuida tu cuerpo por dentro, como un escudo invisible. Duele muy poquito, como un pellizco de hormiga. Y luego pasa.

—¿Solo eso?

—Solo eso —confirmó Mara—. Y la doctora Búho es muy gentil. Ella sabe que da miedo, y por eso trabaja muy despacio.

Lila respiró hondo. Una vez. Dos veces.

—¿Pueden venir conmigo? —preguntó.

—Hasta la puerta —dijo Quelina—. Y ahí vamos a esperarte.

Lila asintió despacio. Entonces hizo algo valiente: dio un saltito hacia adelante. Solo uno. Pero fue un saltito hacia el miedo, y eso era lo más difícil.

Cuando salió del consultorio de la doctora Búho, Lila traía una curita pequeña en la patita y una sonrisa enorme en la cara.

—¿Cómo estuvo el nudo verde? —le preguntó Mara.

—Se aflojó un poco mientras esperaba —dijo Lila—. Y cuando terminó, ya casi no estaba.

Quelina la abrazó con cuidado. Las espirales de su caparazón brillaron más fuerte que nunca, porque había aprendido algo importante junto a su amiga: el miedo no desaparece cuando lo ignoramos, sino cuando lo miramos de frente y seguimos caminando igual.

Esa tarde, Lila volvió a saltar. Una vez. Dos veces. Y muchas más.

💛 QUELINA NOS DICE...

El miedo no desaparece si lo escondemos; se hace más pequeño cuando le ponemos nombre y seguimos adelante de todas formas.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

1. Pregúntale a tu hijo o hija: '¿Cómo se llama tu miedo hoy?' Ayúdalo a inventarle un nombre gracioso o tierno, como hizo Lila con 'el nudo verde'. 2. Juntos, dibujen ese miedo con sus manos: ¿es grande o pequeño? ¿De qué color es? Hablen sobre él sin juzgarlo. 3. Luego pregunta: '¿Qué cosa valiente podemos hacer aunque el miedo esté ahí?' Celebren juntos esa respuesta con un abrazo o un aplauso.

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