na mañana luminosa en el Valle Esmeralda, Mara llegó volando hasta donde estaba Quelina con las alas caídas y los ojos tristes.
—Quelina, no sé qué hacer —susurró—. Lila, la libélula, y Brina, la abeja, se pelearon ayer. Ahora cada una quiere que yo esté solo con ella y no hable con la otra. ¡Me siento tan confundida!
Quelina escuchó con mucha atención. Luego preguntó con suavidad:
—¿Y tú qué sientes en tu corazón cuando piensas en las dos?
Mara cerró los ojos un momento.
—Las quiero a las dos. No quiero perder a ninguna.
—Entonces ya sabes algo muy importante —dijo Quelina—. Cuéntame, ¿qué fue lo que pasó entre ellas?
Mara explicó que Lila había llegado tarde a un juego que Brina había preparado con mucho cuidado, y Brina se había sentido ignorada. Lila, en cambio, decía que nadie le había avisado bien la hora.
Quelina asintió despacio.
—Mara, ser leal a tus amigas no significa elegir quién tiene razón. Significa quererlas lo suficiente como para decirles la verdad.
—¿La verdad? —preguntó Mara, abriendo bien sus alas de colores.
—Sí. Puedes decirle a Lila que Brina se sintió triste, y decirle a Brina que quizás hubo una confusión. No para juzgar a ninguna, sino porque las quieres a las dos y deseas que estén bien.
Mara pensó en eso. No era fácil. Le daba un poco de miedo que alguna se enojara con ella.
—¿Y si se molestan conmigo? —preguntó.
—Puede pasar —respondió Quelina con honestidad—. Pero un amigo de verdad prefiere escuchar algo difícil antes que quedarse solo con su enojo. Y tú, al hablar con cariño, cuidas la amistad de las tres.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como si el Valle Esmeralda también estuviera aprendiendo algo nuevo.
Mara respiró profundo. Esa tarde fue a buscar primero a Brina.
—Sé que te sentiste sola cuando Lila no llegó a tiempo —le dijo con voz dulce—. Creo que hubo una confusión, y que a ella le gustaría saberlo.
Brina la miró sorprendida. Nadie le había dicho eso antes.
Después, Mara fue a ver a Lila.
—Brina preparó ese juego pensando en ti —le explicó—. Se puso triste cuando no llegaste. No quiero que pierdan su amistad por algo que quizás se puede hablar.
Lila bajó la cabeza. No lo había pensado así.
Al día siguiente, Lila buscó a Brina y le pidió disculpas. Brina le explicó lo que sintió. Las dos se abrazaron, y Mara las observó desde una flor cercana con el corazón lleno de luz.
Cuando Quelina se enteró, sonrió.
—¿Ves? —le dijo—. La lealtad no es ponerse de un lado. Es tener el valor de cuidar a quienes quieres, aunque sea difícil.
Y Mara, por primera vez en días, voló bien alto sobre el Valle Esmeralda, con las alas abiertas y el corazón liviano.
Ser leal no es elegir un bando: es tener el valor de cuidar a quienes amamos con honestidad y ternura.
1. Pregúntale a tu hijo o hija: '¿Alguna vez tuviste dos amigos que se pelearon? ¿Cómo te sentiste?' Escucha sin interrumpir. 2. Jueguen a inventar juntos qué le dirían, con palabras amables, a cada amigo para ayudarlos a hacer las paces. 3. Abrácense y díganle uno al otro algo que valoren de su relación, para recordar que las palabras cariñosas siempre construyen.
