na mañana tranquila, cuando el sol apenas comenzaba a pintar el cielo de naranja, llegó al Valle Esmeralda una tortuga que nadie conocía.
Se llamaba Tilo, y su caparazón era diferente al de todas las tortugas: tenía rayas azules y verdes que brillaban como el agua de un río bajo la luz. Era hermoso, aunque también era distinto.
Algunos animales del valle se detuvieron a mirarla. Un par de conejos saltaron lejos sin decirle nada. Un pájaro voló más rápido cuando se acercó. Tilo bajó la cabeza y siguió caminando sola, con pasos muy pequeños y muy despacio.
Quelina la vio desde lejos y sintió algo cálido en el corazón. Corrió a su encuentro, bueno, corrió lo que puede correr una tortuga, que no es mucho, pero corrió con todas sus ganas.
—Hola —dijo Quelina con una sonrisa grande—. Soy Quelina. ¿Cómo te llamas?
Tilo la miró con ojos sorprendidos.
—Me llamo Tilo —respondió en voz muy bajita—. Vengo de lejos. Mi caparazón es raro, ya lo sé.
—¿Raro? —dijo Quelina, inclinando la cabeza—. Yo lo veo precioso.
En ese momento llegaron Lumo, la luciérnaga, y Mara, la mariposa. Lumo encendió su pequeña luz de curiosidad, y Mara batió sus alas de colores al ver a Tilo.
—¡Mira esas rayas! —exclamó Mara—. Son como las que tiene mi ala derecha, ¡pero en tu caparazón!
Tilo no lo podía creer. Nunca nadie le había dicho algo tan bonito.
Lumo se acercó volando suavecito.
—Yo también soy diferente —dijo—. Muchos bichos no entienden por qué brillo. Pero aquí, en el Valle Esmeralda, ser diferente está muy bien.
Quelina asintió con fuerza. En ese instante, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar, porque había aprendido algo importante: cuando alguien nuevo llega, lo más valiente es dar el primer paso y decir hola.
Los cuatro amigos caminaron juntos hasta el Gran Roble Sabio. Allí, a la sombra de sus ramas enormes, Tilo contó de dónde venía: de un valle donde el río cantaba canciones de cuna y los hongos eran rojos como el atardecer.
Todos escucharon con los ojos muy abiertos.
—¿Y extrañas tu valle? —preguntó Quelina con ternura.
—Un poco —dijo Tilo—. Pero ahora tengo algo nuevo que conocer.
Mara le regaló una flor pequeña. Lumo hizo una danza de luces solo para ella. Y Quelina le mostró los mejores caminos del valle, los que tienen piedras suaves y sombra fresca.
Al caer la tarde, Tilo sonrió por primera vez desde que había llegado. Su caparazón de rayas azules y verdes brilló bajo el último sol del día, como si el valle entero le estuviera dando la bienvenida.
Y así fue como el Valle Esmeralda se volvió un poquito más grande, un poquito más colorido y muchísimo más feliz.
Cuando alguien es diferente a ti, acercarte con una sonrisa es el comienzo de una amistad que puede cambiar tu mundo.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija que diga una cosa especial que tiene él o ella que lo hace único, puede ser algo que le guste, algo que sepa hacer o algo de su cuerpo que le guste. Paso 2: Luego pregúntale si conoce a alguien diferente a él o ella, en casa, en el parque o en el jardín, y qué cosa bonita podría tener esa persona. Paso 3: Invítenlo a dibujar con sus manos juntos el caparazón de Tilo con las rayas que él o ella elija, y mientras dibujan conversen sobre cómo se sentiría alguien que llega a un lugar nuevo y no conoce a nadie.
