n el Valle Esmeralda, el arroyo siempre cantaba alegre. Pero esa mañana, el agua sonaba diferente. Río, el pequeño pez plateado, nadaba muy despacio, con los ojos tristes y la cola caída.
Quelina lo vio desde la orilla y se acercó con cuidado.
—¿Qué te pasa, Río? —preguntó con voz suave.
—Coral se fue —respondió Río, y su voz era apenas un susurro—. Era mi mejor amigo. Jugábamos juntos todos los días. Y ahora... ya no está.
Quelina se sentó a la orilla del agua y metió una patita. No dijo nada todavía. Solo estuvo ahí, cerca.
Poco después llegaron Lumo, Pino y Mara. Cuando escucharon lo que le pasaba a Río, cada uno se quedó en silencio un momento. Ese silencio no estaba vacío; estaba lleno de cariño.
—Yo también extraño a alguien —dijo Mara con ternura—. Una vez, una amiga mariposa migró hacia otro jardín. Lloré muchos días.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Río.
—La dejé ir con amor —respondió Mara—. Y guardé en mi corazón todos los vuelos que dimos juntas.
Río hundió la cabeza en el agua un momento. Luego asomó de nuevo.
—Pero, ¿cómo sé que Coral no me va a olvidar?
Fue entonces cuando Pino habló. Él, que casi nunca hablaba primero, dijo algo muy importante:
—Las amistades de verdad no se olvidan, Río. Se llevan adentro, como una piedrita brillante en el pecho.
Quelina escuchó todo esto y sintió algo cálido en su caparazón. Las espirales doradas comenzaron a brillar suavecito, como siempre que aprendía algo nuevo.
—Río —dijo Quelina—, extrañar a Coral significa que lo que vivieron juntos fue muy real. Eso es algo muy valioso.
—¿Pero volveré a tener un amigo así? —preguntó Río, con voz pequeñita.
—Sí —dijeron todos al mismo tiempo, y eso hizo que Río moviera la cola por primera vez en todo el día.
Lumo se elevó un poco y comenzó a brillar, dibujando círculos de luz sobre el agua. Pino chapoteó con las patas. Mara revoloteó entre los rayos del sol. Y Quelina se rio de verdad.
Río los miró a todos. Los miró bien.
—Ustedes también son mis amigos —dijo, como si lo descubriera en ese preciso momento.
—Siempre lo fuimos —respondió Quelina, sonriendo.
Esa tarde, Río escribió el nombre de Coral en la arena de la orilla. El agua lo borró despacio, pero Río ya no se asustó. Porque entendió que algunos nombres no se escriben en la arena: se escriben en el corazón.
Y eso, el agua nunca lo puede borrar.
Despedir a un amigo con amor no significa perderlo; significa que lo que vivieron juntos siempre vivirá dentro de ti.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo si alguna vez extrañó a alguien especial, ya sea un amigo, un familiar o una mascota, y escúchalo con atención sin interrumpir. Paso 2: Invítenlo a dibujar o describir un momento feliz que recuerde con esa persona o amigo. Paso 3: Dile que ese recuerdo bonito vive en su corazón y que puede visitarlo cuando quiera, solo cerrando los ojos y sonriendo.
