na mañana tranquila en el Valle Esmeralda, Quelina caminaba cerca del arroyo cuando escuchó un sonido muy bajito. Era casi como un suspiro.
Detrás de una piedra cubierta de musgo encontró a Ciro, un pequeño caracol con el caparazón color crema y los ojos muy redondos. Ciro miraba el suelo con tristeza.
—¿Qué te pasa, Ciro? —preguntó Quelina con voz dulce.
—Nada —dijo Ciro—. Bueno… es que Mara me preguntó esta mañana en qué pensaba, y yo le dije que estaba imaginando un mundo donde las nubes saben a fresas y los ríos cantan canciones. Ella se rió un poco. Creo que mis ideas son tontas.
Quelina se sentó a su lado.
—¿Me puedes contar más de ese mundo? —preguntó.
Ciro la miró sorprendido.
—¿De verdad quieres saber?
—De verdad —confirmó Quelina.
Ciro cerró los ojos un momento. Luego empezó a hablar despacio, como si abriera una puerta muy especial.
—En ese mundo hay montañas de algodón azul. Los peces vuelan entre las flores y los pájaros nadan en el rocío. Hay una biblioteca donde los libros se leen solos en voz alta, y cada historia huele diferente. La de los dragones huele a canela. La de los mares huele a lluvia fresca.
Quelina escuchaba con los ojos muy abiertos. De pronto, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como si también ellas quisieran ver ese mundo.
—Ciro —dijo Quelina—, eso no es tonto. Eso es extraordinario.
En ese momento llegó Lumo, la luciérnaga, zumbando entre las hojas.
—¡Oí algo sobre una biblioteca que huele a canela! —exclamó Lumo—. ¡Cuéntame más!
Ciro se puso un poco colorado, pero esta vez sonrió.
Los tres se sentaron juntos bajo la sombra de un helecho gigante. Ciro siguió inventando: habló de un país donde cada niño tiene una estrella propia que lo ayuda a encontrar el camino a casa, y de un mercado donde se venden sueños en frascos de vidrio de colores.
Lumo brillaba más con cada historia. Quelina tomaba nota en su mente de cada imagen maravillosa.
Cuando Ciro terminó, había una pequeña pausa llena de algo cálido.
—¿Sabes qué, Ciro? —dijo Lumo—. Yo puedo volar por todo el Valle, pero nunca había viajado tan lejos como contigo esta tarde.
Ciro miró su propio caparazón con otros ojos. Siempre había pensado que era solo su casa. Pero ahora entendía que también era la puerta a todos los mundos que llevaba adentro.
Y esa tarde, mientras el sol pintaba el Valle Esmeralda de naranja y rosa, tres amigos se prometieron reunirse cada semana para escuchar las historias que Ciro guardaba bajo su caparazón.
Porque los mundos inventados también son reales. Son reales en el corazón de quien los imagina, y en el corazón de quien los escucha.
Cada historia que imaginas es un mundo que solo tú puedes crear, y eso es un regalo para compartir.
Paso 1: Pídele a tu hijo o hija que cierre los ojos y piense en un mundo imaginario que le gustaría visitar, sin límites. Paso 2: Cuéntense el uno al otro cómo es ese mundo: qué colores tiene, qué sonidos, qué cosas especiales existen ahí. Paso 3: Juntos, denle un nombre a ese mundo y dibújenlo en el aire con los dedos, como si lo estuvieran pintando.
