ino tenía un sueño enorme. Tan enorme que apenas cabía en su cabeza puntiaguda.
—¡Voy a construir un castillo de nubes! —anunció una mañana en el Valle Esmeralda—. Tendrá torres de algodón, puentes de niebla y una cama suavísima donde dormiré entre las estrellas.
Quelina lo escuchó con los ojos muy abiertos. Le parecía un sueño precioso. Pero también notó algo: Pino no había recogido ni una sola piedra, ni plantado ni un solo árbol para empezar.
Durante días, Pino habló sin parar de su castillo. Le contó a Mara cómo serían las ventanas. Le explicó a Lumo dónde pondría las lámparas. Le dibujó a Río un mapa en la orilla del río.
—¿Y cuándo vas a construirlo? —preguntó Río asomando su cabeza plateada.
—Ya lo estoy construyendo —respondió Pino muy seguro, señalando una nube que pasaba flotando—. ¿No lo ves ahí arriba?
Todos miraron. La nube era hermosa. Pero en ese momento sopló el viento, y la nube se fue volando hacia las montañas. En segundos desapareció.
Pino se quedó quieto. Muy quieto. Sus pinchos se bajaron un poco, como cuando algo duele por dentro.
—Se fue —dijo en voz muy baja—. Mi castillo se fue.
Quelina se acercó despacio y se sentó a su lado. No dijo nada todavía. Solo estuvo cerca, que a veces eso es lo más importante.
Después de un rato, Quelina habló:
—Pino, tu castillo era bellísimo aquí adentro —dijo tocando suavemente su propio corazón—. Pero las nubes no esperan. Las nubes viajan.
—Entonces nunca podré tener mi castillo —murmuró Pino.
—Sí puedes —respondió Quelina—. Pero los castillos que duran no se construyen soñando solamente. Se construyen soñando y luego haciendo algo, aunque sea pequeñito, cada día.
Pino frunció el ceño, pensando.
—¿Como qué?
—Como recoger dos ramitas hoy. Buscar una piedra mañana. Pedirle a Lumo que alumbre mientras trabajas. Los sueños grandes necesitan pasos chiquitos para volverse reales.
Las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como siempre que algo importante acababa de nacer.
Pino miró sus propias manos. Luego miró el valle lleno de ramas, piedras y hojas caídas.
—¿Me ayudarías? —preguntó.
—Todos te ayudaremos —dijo Quelina sonriendo.
Esa tarde, Pino recogió su primera piedra. Solo una. Pero la colocó con mucho cuidado en el suelo, justo donde soñaba que estaría la puerta principal.
No era un castillo todavía. Era apenas el comienzo. Pero esta vez, el viento no se lo pudo llevar.
Los sueños más grandes se vuelven reales cuando los acompañamos de pequeñas acciones cada día.
Paso 1: Pregunta a tu hijo cuál es un sueño o algo que desea crear o lograr, y escúchalo con atención sin interrumpir. Paso 2: Juntos, piensen en tres cosas pequeñísimas que podría hacer esta semana para acercarse a ese sueño, y escríbanlas o dibújenlas en un papel. Paso 3: Cada noche antes de dormir, pregúntale si dio algún paso pequeño ese día y celébralo con un abrazo, sin importar cuán pequeño haya sido el avance.
