na noche tranquila en el Valle Esmeralda, Quelina escuchó unos pasos apresurados cerca de su casa. Era Pino, el puercoespín, con sus puas errizadas y los ojos muy abiertos.
—¡Quelina, Quelina! —susurró Pino con voz temblorosa—. Las sombras de los árboles tienen formas raras. Anoche vi una que parecía un monstruo enorme con dientes largos, y ahora no puedo dormir.
Quelina salió despacio y miró a su amigo con mucha ternura.
—Cuéntame más —le dijo—. ¿Cómo era ese monstruo?
Pino arrugó la nariz, sorprendido de que ella no saliera corriendo.
—Tenía... tenía tres cabezas. Y unas garras así de grandes. Y hacía un sonido como el viento entre las hojas.
—Qué imaginación tan poderosa tienes —dijo Quelina con calma.
—¿Poderosa? —repitió Pino—. ¡Es horrible! Me da mucho miedo.
—Lo sé —respondió Quelina—. Pero piénsalo: tu mente inventó todo eso. Tres cabezas, garras enormes... Eso no es cualquier cosa. Eso es ser muy, muy creativo.
Pino se quedó pensando. Nunca había visto su miedo de esa manera.
—¿Y si usamos esa misma imaginación para algo distinto? —propuso Quelina.
Entraron juntos a la casita de Pino. Quelina buscó unas hojas grandes y una piedra con la que se podía dibujar. Le pidió a Pino que cerrara los ojos y recordara bien al monstruo de tres cabezas.
—Ahora ábrelos y dibújalo —dijo Quelina.
Pino dudó un momento, pero tomó la piedra y comenzó a trazar líneas. Poco a poco, en la hoja grande apareció una criatura con tres cabezas redondas, garras como ramas torcidas y una expresión que, al verla dibujada, no parecía tan terrible. De hecho, una de las cabezas tenía cara de estar bostezando.
—¡Está bostezando! —se rió Pino sin querer.
—Tal vez él también tiene sueño —dijo Quelina sonriendo.
Pino agregó una almohada pequeña debajo de las garras del monstruo. Luego le dibujó una manta de lunares. La criatura de tres cabezas ahora parecía un personaje gracioso, listo para dormir.
—Ya no me da tanto miedo —admitió Pino en voz baja.
En ese momento, las espirales del caparazón de Quelina brillaron suavemente con un resplandor dorado. Pino las miró asombrado.
—¿Por qué brillan así?
—Porque aprendí algo contigo esta noche —dijo Quelina—. Que la imaginación que crea el miedo es la misma que puede transformarlo en algo nuevo.
Pino colgó su dibujo cerca de la ventana. Esa noche durmió profundo, y si alguna sombra rara aparecía, él ya sabía qué hacer: darle cara, darle nombre y, si hacía falta, dibujarle una almohada de lunares.
La imaginación que crea el miedo es la misma que tiene el poder de transformarlo en arte.
Paso 1: Pídele a tu hijo que dibuje o describa algo que le dé miedo, dándole una forma graciosa o amigable. Paso 2: Juntos agreguen detalles que lo hagan más tierno o curioso, como un sombrero, una sonrisa o una manta. Paso 3: Hablen sobre cómo se sintió antes y después de dibujar ese miedo, y guarden el dibujo como recordatorio de su valentía creativa.
