n el Valle Esmeralda vivía una tortuga llamada Tita. Era simpática, curiosa y tenía una sonrisa que iluminaba cualquier mañana. Pero últimamente, Tita andaba con el corazón un poco apagado.
—No sé qué me gusta hacer —le confesó un día a Quelina, mientras caminaban juntas cerca del arroyo—. Mara dibuja con sus alas, Pino construye cosas con sus espinas, Lumo alumbra caminos oscuros. ¿Y yo? Yo no encuentro nada que sea mío.
Quelina la escuchó con calma. Sus espirales doradas brillaron suavemente, como siempre que algo importante estaba por aprenderse.
—¿Has intentado cosas distintas? —preguntó Quelina.
—Muchas —suspiró Tita—. Intenté pintar piedras como Mara, pero los colores me quedaban todos torcidos. Intenté cargar ramas como Pino, pero me cansaba demasiado rápido. Intenté nadar río adentro como Río, pero el agua me daba miedo.
—Entonces sigues buscando —dijo Quelina con una sonrisa suave—. Y eso, Tita, ya es algo muy valiente.
Esa tarde, mientras Tita caminaba sola por el borde del bosque, un viento fresco movió las hojas de los árboles. El sonido fue tan bonito que Tita se detuvo. Cerró los ojos y escuchó. Las hojas susurraban, el arroyo cantaba, los pájaros respondían desde lejos.
Sin pensarlo, Tita abrió la boca y comenzó a tararear. Una melodía pequeña, sin palabras, que salió de su pecho como si siempre hubiera estado ahí esperando.
Tarareó y tarareó. Siguió el ritmo del viento, luego el del arroyo, luego el de sus propios pasos lentos sobre la tierra.
Cuando Quelina y Lumo la encontraron al atardecer, los dos se quedaron quietos. Tita seguía tarareando, con los ojos brillantes y los pies moviéndose solos.
—¡Tita! —exclamó Lumo, encendiendo su luz de emoción—. ¡Eso que haces es precioso!
Tita abrió los ojos, sorprendida, y se sonrojó.
—Es solo un sonidito que salió solo —dijo en voz baja.
—Exactamente —dijo Quelina, y sus espirales doradas brillaron con fuerza—. Las cosas más nuestras son las que salen solas, cuando dejamos de buscarlas con los ojos y empezamos a escuchar con el corazón.
Desde ese día, Tita tararéo por las mañanas, al caminar, al comer y al despedirse de sus amigos. No necesitó que nadie le enseñara. Era su sonido, su forma especial de estar en el mundo.
Y cada vez que lo hacía, el Valle Esmeralda entero parecía respirar un poco más feliz.
Lo que verdaderamente nos apasiona no se busca con los ojos, sino que se descubre cuando escuchamos lo que el corazón ya sabe hacer.
Paso 1: Siéntense juntos en un lugar tranquilo, cierren los ojos y escuchen todos los sonidos que los rodean durante un minuto. Paso 2: Cada uno tararea o inventa un sonidito propio, sin reglas ni letras, solo lo que salga naturalmente. Paso 3: Comparten cómo se sintieron al crear ese sonido y conversan sobre otras cosas que les gustan hacer de forma espontánea y sin esfuerzo.
