quella tarde, Quelina llegó a casa arrastrando los pies más despacio que de costumbre. En su mochila llevaba una hoja con la tarea más larga que la maestra Hoja Verde había dado en todo el año: dibujar y describir diez plantas diferentes del Valle Esmeralda.
—Nunca voy a poder —murmuró Quelina, sentándose bajo su árbol favorito—. Es demasiado. Es imposible.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre su caparazón. En ese momento, una lucecita dorada comenzó a bailar frente a ella. Era Lumo, su amigo la luciérnaga, que brillaba con curiosidad.
—¿Qué pasó, Quelina? Tu caparazón no brilla esta tarde.
—Es que tengo una tarea enorme y no sé por dónde empezar —respondió ella con voz triste—. Cuando la miro completa, me da mucho miedo.
Lumo pensó un momento y luego sonrió con su pequeña luz.
—¿Puedo contarte algo? Cuando yo aprendí a volar, tampoco podía pensar en volar lejos. Solo pensaba en mover mis alas una vez. Luego otra vez. Y otra.
Quelina lo miró con los ojos bien abiertos.
—¿Solo pensabas en una vez?
—Solo en una —confirmó Lumo—. ¿Cuántas plantas tienes que encontrar?
—Diez —dijo Quelina.
—¿Y cuántas hay aquí, justo a tu alrededor?
Quelina miró hacia los lados. Vio el trébol pequeño junto a sus patas, el helecho que crecía cerca de la piedra y la flor amarilla que siempre olía a miel.
—Tres... hay tres aquí mismo.
—Entonces empieza con esas tres —dijo Lumo con calma.
Quelina sacó su hoja y su lápiz. Dibujó el trébol con sus tres hojitas redondas. Escribió su nombre despacio, letra por letra. Cuando terminó ese primero, sintió algo tibio en el pecho. No era tanto miedo. Era más bien... ganas.
Dibujó el helecho. Luego la flor amarilla. Para la cuarta planta caminó un poco más lejos. Para la quinta cruzó el arroyo pequeño. Y así, sin darse cuenta, Quelina fue encontrando una planta, luego otra, luego otra más.
Cuando el sol empezaba a ponerse color naranja, Quelina contó sus dibujos en voz alta: uno, dos, tres... ¡diez! Diez plantas, diez nombres, diez descripciones. La tarea estaba completa.
En ese instante, las espirales doradas de su caparazón brillaron con una luz suave y cálida, como si el caparazón también estuviera orgulloso.
—¡Lo hice! —exclamó Quelina, y su voz sonó diferente, más grande, más segura.
Lumo brilló con fuerza a su lado.
—Lo hiciste tú sola, Quelina. Yo solo te recordé algo que ya sabías: las cosas difíciles no se hacen de una vez. Se hacen de a poquito.
Quelina guardó su hoja con cuidado y sonrió. Ya no le daban tanto miedo las tareas difíciles. Ahora sabía el secreto: no hay que mirar todo el camino. Solo hay que dar el primer paso.
Las tareas grandes no se hacen de una sola vez, sino paso a paso, con paciencia y sin rendirse.
1. Pregúntale a tu hijo si tiene algo pendiente que le parece difícil, como una tarea o aprender algo nuevo, y escúchalo con calma. 2. Juntos, dividan esa tarea en partes muy pequeñas, como hizo Quelina con sus diez plantas, y escriban o dibujen cada parte en un papel. 3. Cuando termine cada parte pequeña, celebren juntos con un abrazo o una palabra de aliento, y noten cómo se siente lograrlo poco a poco.
