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Quelina

La canción que quedó en el viento para siempre

despedida permanente

quella mañana, el Valle Esmeralda amaneció con un silencio distinto. Quelina se sentó sola junto al estanque y miró el agua quieta. Hacía siete días que la abuela Coralia se había ido, y su corazón aún sentía ese hueco grande que nadie sabía cómo llenar.

Mara llegó volando suavemente y se posó cerca de ella sin decir nada. Solo la acompañó. Después de un rato largo, Quelina suspiró.

—La extraño mucho —dijo en voz baja—. Me enseñó una canción, pero ahora cuando intento cantarla, siento que me duele adentro.

Mara dobló sus alas con ternura.

—¿Me la puedes tararear? —preguntó.

Quelina dudó. Cerró los ojos y dejó salir las primeras notas, despacio, como si tuviera miedo de romperlas. Era una melodía sencilla, de las que se quedan pegadas al pecho.

Cuando terminó, el viento del valle se movió entre los árboles. Las hojas del Gran Roble Sabio susurraron como si también hubieran escuchado.

—¿Sabes qué creo? —dijo Mara—. Esa canción ahora vive en el viento. Cada vez que la cantes, la abuela Coralia la escucha desde donde está.

Quelina parpadeó. Una lágrima rodó por su mejilla, pero también asomó algo parecido a una sonrisa pequeña.

—¿Pero por qué se tuvo que ir? —preguntó, porque esa pregunta seguía girando dentro de ella sin encontrar salida.

El Gran Roble Sabio crujió suavemente, como si respirara.

—Algunas despedidas no tienen respuesta —dijo su voz antigua y serena—. Pero eso no significa que el amor se vaya con ellas. El amor es distinto. El amor se queda.

Quelina miró sus patas pequeñas. Recordó las manos arrugadas de la abuela Coralia trenzando flores en su caparazón. Recordó su risa. Recordó el olor a hierba dulce de sus abrazos.

—Entonces puedo seguir queriéndola —murmuró Quelina—, aunque ya no esté.

—Siempre —respondió el Roble.

En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron despacio, como una llama suave en la oscuridad. No era un brillo alegre ni triste. Era un brillo verdadero.

Quelina respiró hondo. Volvió a tararear la canción, esta vez un poco más fuerte. El viento la tomó entre sus brazos invisibles y la llevó hacia las colinas, más allá de los árboles, más lejos todavía.

Mara bailó entre las notas como si también quisiera ayudar a llevarlas.

Y Quelina comprendió algo importante: extrañar a alguien que amamos no es una herida que hay que esconder. Es la forma en que el corazón recuerda que ese amor fue real.

La abuela Coralia se había ido. Eso era cierto y dolía. Pero la canción seguía ahí, viva en el viento, viva en el pecho de Quelina, viva para siempre.

💛 QUELINA NOS DICE...

Quienes amamos no desaparecen del todo mientras los llevamos en el corazón y en todo lo que nos enseñaron.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos en un lugar tranquilo y pídanle al niño que recuerde algo especial que una persona querida le haya enseñado, dicho o compartido. Paso 2: Invítenlo a dibujarlo o a contarlo con sus propias palabras, sin prisa, con calma. Paso 3: Digan juntos en voz alta: 'Ese recuerdo es nuestro para siempre', y si el niño quiere, pueden guardar el dibujo en un lugar especial como un pequeño tesoro del corazón.

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La canción que quedó en el viento para siempre
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