sa mañana, el Valle Esmeralda olía a flores mojadas y a tierra fresca. Quelina caminaba despacio hacia la orilla del río, como hacía cada día para encontrarse con Lumo.
Pero algo era diferente.
Lumo estaba sentada sobre una piedra grande, con sus alitas quietas y su lucecita más tenue que de costumbre. A su lado había un pequeño bolso hecho de hojas trenzadas.
—¿Qué es eso? —preguntó Quelina, aunque su corazón ya presentía la respuesta.
—Me voy a vivir al otro lado del río —dijo Lumo en voz baja—. Mi familia encontró un nuevo árbol, más grande, lleno de ramas donde podemos brillar juntas por las noches. Es muy bonito, Quelina. Pero está lejos.
Quelina no dijo nada. Miró el río, que seguía fluyendo sin enterarse de nada, como si el mundo fuera igual de siempre. Sintió algo pesado dentro del pecho, algo que no sabía cómo llamar.
—¿Ya no vas a volver? —preguntó al fin.
Lumo sonrió con su sonrisa pequeñita.
—Voy a volver a visitarte. Y tú puedes cruzar el puente de piedras cuando extrañes mi luz. Solo estamos al otro lado, no en el fin del mundo.
Quelina bajó la cabeza. Las lágrimas llegaron sin avisarle, silenciosas, como el rocío de la mañana.
—Es que te voy a extrañar todos los días —susurró.
Lumo se acercó volando despacito y se posó sobre el caparazón de Quelina. Su lucecita brilló un momento, suave y dorada.
—Extrañar también es una forma de querer —dijo Lumo—. Cuando me extrañes, significa que lo que vivimos juntas fue real y fue hermoso. Eso nadie puede llevárselo.
Quelina pensó en todas las noches que Lumo había iluminado su camino cuando había oscuridad. Pensó en las risas al borde del agua, en los secretos contados en voz bajita, en la luz parpadeante que siempre la hacía sentir acompañada.
Entonces, sin que ella lo notara, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente.
Lumo lo vio y sonrió.
—¿Ves? Tu caparazón sabe lo que aprendiste hoy.
—¿Qué aprendí? —preguntó Quelina, secándose los ojos.
—Que decir hasta pronto no es lo mismo que decir adiós para siempre.
Las dos amigas se abrazaron largo rato, mientras el río cantaba a su alrededor. Luego Lumo cruzó volando hacia la otra orilla, y antes de perderse entre los árboles, encendió su luz tres veces: una, dos, tres destellos dorados en el aire.
Quelina los contó en silencio. Y supo que era una promesa.
Esa noche, al dormirse, no sintió el pecho tan pesado. Pensó en Lumo brillando en su nuevo árbol, y sonrió. Las despedidas duelen, sí. Pero también guardan dentro de ellas todo el amor que fue real.
Decir hasta pronto no es perder a alguien: es guardar su luz dentro del corazón mientras llega el reencuentro.
1. Pídele a tu hijo que recuerde a alguien a quien extraña y que dibuje en un papel algo especial que vivieron juntos. 2. Conversen sobre ese recuerdo: ¿cómo los hace sentir? ¿Qué es lo que más recuerdan de esa persona? 3. Doblen el dibujo con cuidado y guárdenlo en un lugar especial, explicándole que ese recuerdo siempre estará ahí cuando quiera volver a sentir cerca a quien extraña.
