na mañana fresca, Quelina caminaba junto al arroyo cuando encontró a Conejo Milo sentado sobre una piedra, mirando el agua sin decir nada. Tenía las orejas caídas y los ojos tristes.
—¿Qué te pasa, Milo? —preguntó Quelina con suavidad.
Milo suspiró muy hondo.
—Hoy me toca ir a casa de mi papá —dijo—, pero extraño a mi mamá. Y cuando estoy con mi mamá, extraño a mi papá. Siento que siempre falta la mitad de algo.
Quelina se sentó a su lado. En ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando entre las flores del arroyo.
—Yo escuché eso —dijo Mara posándose delicadamente sobre una hoja—. ¿Puedo contarte algo, Milo?
El conejito asintió.
—Yo también viajo mucho —dijo Mara—. Vuelo del prado a la montaña, de la montaña al bosque. Y cada lugar es diferente, pero en todos lados sigo siendo yo. Mis alas me acompañan a donde voy.
Milo frunció el ceño, pensando.
—Pero ustedes no entienden —dijo—. Mis papás ya no viven juntos. A veces me pregunto si eso fue culpa mía.
Quelina sintió algo cálido en el corazón. Se acercó más al conejito y lo miró a los ojos.
—Milo, escúchame bien —dijo con voz tranquila—. Lo que pasa entre los papás grandes no es culpa de los hijos pequeños. Nunca lo es.
Milo parpadeó. Nadie se lo había dicho tan claro antes.
—¿Seguro? —preguntó con voz temblorosa.
—Seguro —respondió Quelina.
En ese instante, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como siempre que algo importante se entendía en el Valle.
—Milo —continuó Quelina—, tú no tienes dos mitades de familia. Tienes dos hogares llenos de amor. Tu mamá te quiere en su casa y tu papá te quiere en la suya. Ese amor no se divide, se multiplica.
Mara batió sus alas coloridas con alegría.
—¡Es como tener dos jardines de flores! —dijo—. Cada uno diferente, pero los dos son tuyos.
Milo sonrió por primera vez en todo el día. Era una sonrisa pequeña, pero real.
—¿Y cuando extraño a uno estando con el otro? —preguntó.
—Eso significa que los amas a los dos —dijo Quelina—. Extrañar es una forma de querer. Y mientras los extrañas, ellos también te piensan a ti.
El conejito respiró profundo y sus orejas se fueron levantando poco a poco.
—Entonces... ¿puedo estar bien en los dos lugares?
—Sí —dijo Quelina con ternura—. Puedes llevar el amor de tu mamá cuando estás con tu papá, y el amor de tu papá cuando estás con tu mamá. El amor no tiene que quedarse quieto en un solo lugar.
Milo se puso de pie y sacudió su pelaje suave.
—Creo que voy a estar bien —dijo.
Y esta vez, cuando lo dijo, lo creyó de verdad.
Mientras Milo se alejaba saltando hacia la colina, Quelina y Mara se miraron. El caparazón dorado seguía brillando, calentito, bajo la luz del sol del Valle Esmeralda.
Tener dos hogares no significa tener menos amor, sino que el amor te acompaña a todos lados.
Paso 1: Pídele a tu hijo o hija que dibuje dos casas en una hoja, una para cada hogar, y que dentro de cada una dibuje algo que le guste de ese lugar. Paso 2: Juntos, escriban o digan en voz alta una cosa bonita que sienten por cada familiar que vive en esas casas. Paso 3: Doblen la hoja y guárdenla en un lugar especial como un recordatorio de que el amor siempre los acompaña, estén donde estén.
