uelina se sentó sola junto al río grande. Era el río más ancho del Valle Esmeralda, tan ancho que desde la orilla no se podía ver el otro lado. Solo agua, agua y más agua, brillando bajo el sol de la tarde.
—¿Por qué estás tan quieta? —preguntó una voz suave.
Era Mara, la mariposa de alas color naranja, que llegó volando y se posó en una piedra cercana.
—Estoy pensando en mi abuela Nela —dijo Quelina con voz pequeña—. Ella vive al otro lado del río grande. Hace mucho tiempo que no la veo. A veces siento que ya no la conozco bien.
Mara dobló sus alas con cuidado.
—¿Y qué recuerdas de ella?
Quelina cerró los ojos. Poco a poco, su carita se fue suavizando.
—Recuerdo sus manos. Siempre me acariciaba el caparazón y decía que mis espirales eran el mapa de todo lo que yo aprendería. Recuerdo también su olor, como a hierba y miel. Y cómo cantaba por las mañanas, bajito, como si cantara solo para el viento.
Mara escuchó con atención.
—Quelina, eso es muy hermoso. ¿Sabes qué? Yo migro dos veces al año. Vuelo lejos, muy lejos, y dejo atrás personas y lugares que quiero. Pero aprendí algo importante: los que amamos no desaparecen cuando no los vemos. Se quedan adentro de nosotros.
—¿Adentro? —preguntó Quelina abriendo los ojos.
—Sí. En tus recuerdos, en tus costumbres, en la forma en que sonríes. Tu abuela Nela está en todo eso que llevas contigo.
Quelina miró el río. El agua seguía corriendo, pero ya no le parecía tan triste.
—Entonces, aunque no pueda verla... ¿puedo hacerle saber que la quiero?
—Siempre —dijo Mara—. Puedes dibujarle algo. Puedes pedirle a tus papás que le cuenten que la extrañas. Puedes hablarle cuando veas las estrellas, porque las estrellas se ven desde los dos lados del río.
Quelina miró el cielo. Una estrella temprana ya asomaba, tímida, sobre el horizonte.
—Abuela Nela —susurró Quelina—, te mando un abrazo por el cielo.
En ese momento, las espirales de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, con un resplandor dorado y tibio. Quelina lo sintió como un cosquilleo en el pecho. Mara sonrió.
—¿Qué aprendiste hoy? —le preguntó.
—Que la distancia no puede llevarse el amor —respondió Quelina—. Y que extrañar a alguien también es una forma de quererlo.
Las dos amigas se quedaron juntas mirando el río grande, que seguía fluyendo tranquilo, llevando agua desde un lado hasta el otro, conectando, sin parar, las dos orillas.
La distancia puede separar los cuerpos, pero nunca puede alcanzar al amor que llevamos en el corazón.
Paso 1: Pídele a tu hijo que cierre los ojos y recuerde tres cosas bonitas de su abuela o de un ser querido que vive lejos: un olor, un sonido y una imagen. Paso 2: Ayúdalo a dibujar o escribir en un papel esos tres recuerdos, con los colores que más le gusten. Paso 3: Juntos, pongan ese dibujo en un lugar especial de la casa y digan en voz alta: 'Te queremos, aunque estés lejos.'
