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Quelina

El abrazo que no necesitaba razón para existir

amor incondicional

ra una tarde suave en el Valle Esmeralda. El sol bajaba despacio, pintando el cielo de naranja y rosa, como si alguien hubiera derramado mermelada entre las nubes.

Quelina estaba sentada frente a su casa cuando su mamá salió, se acercó sin decir nada y la abrazó muy fuerte. Un abrazo largo, calientito, del tipo que aprieta un poquito el corazón de la mejor manera posible.

Cuando el abrazo terminó, Quelina frunció el ceño con curiosidad.

—Mamá, ¿por qué me abrazaste? —preguntó.

Su mamá sonrió y respondió suavemente:

—Porque quise.

Quelina se quedó pensando en eso toda la tarde. «¿Porque quiso? Pero yo no hice nada especial hoy», pensaba. «No ayudé en casa, no aprendí nada nuevo, no fui especialmente valiente».

Confundida, fue a buscar a su amiga Mara, que descansaba sobre una flor amarilla cerca del arroyo.

—Mara, ¿tu mamá te abraza aunque no hayas hecho nada bueno ese día? —le preguntó Quelina.

Mara batió sus alas suavemente y pensó un momento.

—Sí —dijo—. A veces me abraza justo cuando estoy triste, o aburrida, o cuando no hice absolutamente nada. Y siempre se siente igual de bien.

—Pero, ¿no debería haber una razón? —insistió Quelina.

Mara se acercó y se posó suavemente sobre el caparazón de su amiga.

—Quelina, ¿tú quieres a las flores del valle?

—Sí —respondió ella.

—¿Y por qué las quieres?

Quelina miró a su alrededor: las flores rojas, las azules, las pequeñas flores blancas que crecían entre las piedras.

—Porque... simplemente las quiero. Porque están ahí. Porque son parte del valle.

Mara sonrió con sus ojos brillantes.

—Exactamente así te quiere tu mamá. No porque hagas cosas bien, ni porque seas perfecta. Te quiere porque eres tú. Porque existes. Porque eres parte de su mundo.

Quelina se quedó muy quieta. Algo cálido y redondo, como una piedra de sol, se acomodó dentro de su pecho.

En ese momento, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas estrellas que acababan de despertar.

Corrió de regreso a casa. Su mamá seguía en la puerta, mirando el atardecer.

Quelina no dijo nada. Solo se acercó y la abrazó fuerte, con los bracitos cortos bien abiertos.

Su mamá la recibió sin preguntar por qué.

Y las dos se quedaron así, juntas, mientras el Valle Esmeralda se llenaba de estrellas una por una, como si el cielo también quisiera acompañarlas.

💛 QUELINA NOS DICE...

El amor verdadero no necesita que hagas nada para merecerlo: existe porque tú existes.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos en un lugar cómodo y pregúntense mutuamente: '¿Cuál es tu abrazo favorito: el de buenos días, el de las buenas noches o el abrazo sorpresa?' Escuchen con atención la respuesta del otro. Paso 2: Cada uno dibuje en un papel el tipo de abrazo que más le gusta, usando colores y formas libres, sin que tenga que parecerse a nada real. Paso 3: Intercambien los dibujos, dense ese abrazo exactamente como fue descrito o imaginado, y quédense así contando juntos hasta diez en voz baja.

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El abrazo que no necesitaba razón para existir
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