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Quelina

Lo que Quelina notó que siempre había estado ahí

gratitud cotidiana avanzada

sa mañana, Quelina se despertó con una sensación rara en el pecho. No era dolor. No era miedo. Era algo más parecido a una nube gris pequeñita que se había instalado justo adentro, sin pedir permiso.

Salió de su casa despacio. El sol ya estaba arriba. Los pájaros ya cantaban. El pasto brillaba con el rocío de la mañana. Todo era igual que siempre, pero a Quelina le parecía que algo faltaba, aunque no sabía qué.

Caminó hasta la orilla del lago y se sentó a mirar el agua. Fue entonces cuando Mara llegó volando con sus alas de colores, livianas como un suspiro.

—¿Qué haces aquí tan quieta? —preguntó Mara, posándose a su lado.

—No lo —respondió Quelina con honestidad—. Siento que hoy el Valle está igual, pero yo estoy… apagada.

Mara no dijo nada por un momento. Luego preguntó suavemente:

—¿Quieres hacer un juego?

Quelina asintió.

—Cierra los ojos —dijo Mara—. Ahora dime: ¿qué escuchas?

Quelina cerró los ojos y escuchó. Escuchó el agua moviéndose. Escuchó el viento entre las hojas. Escuchó el canto de un pájaro lejano y el zumbido de un abejorro que pasó cerca.

—Escucho muchas cosas —dijo Quelina, sorprendida.

—Ahora dime: ¿qué sientes en tu cuerpo?

Quelina prestó atención. Sintió el pasto suave bajo sus patas. Sintió el aire fresco en su cuello. Sintió el calorcito del sol en su caparazón.

—Siento… cosas bonitas —susurró, casi sin creerlo.

—Ábrelos —dijo Mara.

Quelina abrió los ojos. El lago seguía ahí, tranquilo y brillante. Las flores seguían ahí, abiertas hacia el cielo. El Gran Roble Sabio seguía ahí, enorme y sereno al centro del Valle.

Y entonces lo entendió: nada había desaparecido. Ella solo había dejado de mirar.

—A veces —dijo Mara con dulzura— la tristeza nos pone una venda en los ojos. No es culpa tuya. Solo hay que acordarse de quitarla poquito a poco.

Quelina respiró hondo. Pensó en el desayuno que había comido esa mañana. Pensó en su camita abrigada. Pensó en Mara, que había llegado justo cuando la necesitaba. Pensó en Lumo, que siempre la iluminaba en la oscuridad. En Pino, que la hacía reír. En Río, que escuchaba sin juzgar.

Todas esas cosas siempre habían estado ahí. Todos los días. Sin que ella las pidiera.

En ese momento, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas estrellas despiertas en pleno día.

—Gracias, Mara —dijo Quelina, y esta vez su voz no sonó apagada.

Mara sonrió y extendió sus alas coloridas al sol.

—Gracias tú, por querer mirar.

💛 QUELINA NOS DICE...

La gratitud no es buscar cosas nuevas, sino aprender a ver todo lo bueno que ya estaba ahí, esperándote.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Antes de dormir, túmbense juntos y cierren los ojos un momento en silencio. Paso 2: Cada uno dice en voz alta tres cosas pequeñas del día por las que se siente agradecido, como el desayuno, un abrazo o el sol en la cara. Paso 3: Terminen diciéndose mutuamente una cosa que agradecen del otro, y nótenlo con una sonrisa.

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Lo que Quelina notó que siempre había estado ahí
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