ita llegó al Valle Esmeralda un martes por la tarde, con su caparazón café y los ojos muy redondos de tanto mirar cosas que no conocía. Los árboles eran distintos. El río sonaba diferente. Y el aire olía a flores que ella nunca había olido antes.
Se sentó junto a una piedra grande y suspiró tan fuerte que las hojas cercanas se movieron un poco.
—¿Estás bien? —preguntó una voz suave.
Era Quelina, que pasaba por ahí con una ramita de trébol entre las patas.
—No —dijo Tita con honestidad—. Extraño mi valle. Allá sabía dónde estaba cada árbol, cada charco, cada piedra. Aquí todo es nuevo y no sé si me va a gustar.
Quelina asintió despacio. Ella entendía bien ese sentimiento.
—¿Sabes qué? —dijo Quelina—. A mí también me costó aprender a querer algunas cosas nuevas. ¿Quieres que te muestre algo?
Tita dudó un momento, pero se levantó.
Juntas caminaron hasta el prado donde Mara, la mariposa, pintaba el aire con sus alas anaranjadas y azules. Cuando vio a Tita, aterrizó suavemente sobre una flor amarilla.
—¡Bienvenida! —dijo Mara con una sonrisa—. Este prado huele distinto cada día. Hoy huele a miel y a tierra mojada. ¿Lo sientes?
Tita cerró los ojos y respiró. Era cierto. Olía diferente a su valle... pero no olía mal. Olía a algo nuevo.
—Mi mamá dice que cuando llegamos a un lugar nuevo —contó Tita en voz baja—, tenemos que dejar atrás todo lo que amábamos. Y eso me da mucha tristeza.
Quelina sacudió la cabeza con ternura.
—No tienes que dejar nada atrás, Tita. Todo lo que amabas sigue dentro de ti. Los recuerdos de tu valle, los olores de tu casa, las voces de tus amigos de allá... todo eso viene contigo siempre. El Valle Nuevo no borra al Valle Viejo. Los dos pueden vivir juntos en tu corazón.
Tita pensó en eso. Pensó en el arroyo de su antiguo hogar, en el sabor de las fresas silvestres, en la risa de sus amigos de antes. Y se dio cuenta de que al pensarlo, sonreía.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron suavemente bajo el sol de la tarde.
—¿Ves? —dijo Mara aleteando con alegría—. Quelina aprendió algo. Y tú también lo estás aprendiendo.
Tita miró a su alrededor. El Valle Esmeralda seguía siendo desconocido. Pero ya no se sentía tan solo.
—Creo —dijo Tita despacio— que puedo intentar conocerlo.
Y esa tarde, entre Quelina y Mara, Tita descubrió su primera piedra favorita en el Valle Nuevo. Era redonda, suave y perfecta para sentarse a recordar.
Y también para empezar.
Un lugar nuevo no borra el amor de antes; lo lleva contigo y lo hace más grande.
Paso 1: Pídele a tu hijo o hija que cierre los ojos y recuerde un lugar o persona que extrañe mucho, y que describa con palabras cómo lo hace sentir. Paso 2: Juntos, busquen un objeto pequeño del hogar actual, como una piedra del jardín, una hoja o una flor, y conviértanlo en el 'objeto favorito del lugar nuevo'. Paso 3: Hablen sobre una cosa bonita del lugar nuevo y una cosa bonita del lugar anterior, y celebren que las dos cosas pueden existir al mismo tiempo en el corazón.
