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Abeja bebé Zuri
Sentirse perdida
El aire olía a miel y a pétalos mojados por el rocío de la mañana. En el jardín más colorido del bosque, donde las flores bailaban con el viento suave, sonaba una melodía dulce: zum-zum-zum, zum-zum-zum.
Zuri era la abejita más pequeña de toda la colmena. Sus alitas brillaban como cristalitos dorados al sol, y cuando volaba, dejaba tras de sí un rastro de polvo de estrellas. Pero Zuri tenía un problema muy grande para alguien tan pequeñita: no sabía cuál era SU flor especial.
Todas las abejas mayores zum-zum-zumeaban hacia sus flores favoritas. La abuela Miel iba siempre a los girasoles grandes. La tía Dulce prefería las rosas rojas. Pero Zuri volaba de flor en flor, y ninguna le hablaba al corazón. —Zum-zum... ¿dónde está mi flor? —susurraba tristecita.
Primero fue hacia las margaritas blancas. Zum-zum-zum. No, no era ahí. Luego hacia los tulipanes amarillos. Zum-zum-zum. Tampoco. Después hacia las violetas pequeñitas. Zum-zum-zum. Nada. El viento movía sus alitas, pero ella se sentía quieta por dentro.
Cuando el sol empezó a ponerse anaranjadito, Zuri se posó en una hojita y sintió que el mundo era demasiado grande para una abejita tan pequeña. Sus alitas temblaron como gotitas de lluvia. —Zum-zum... estoy perdida —murmuró, y una lagrimita dorada rodó por su mejillita peluda.
Entonces, el aire cambió. Se volvió más suave, más tibio. Una tortuga muy anciana, con el caparazón cubierto de constelaciones doradas que brillaban más que las estrellas, se acercó despacio por el sendero de pétalos.
—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —dijo Quelina con voz suave como la miel—. ¿Has probado a quedarte quietecita y sentir cuál flor te llama?
Zuri cerró sus ojitos brillantes. Respiró profundo. Y entonces... ¡lo sintió! Un zum-zum-zum diferente en su pecho, que la llevaba hacia... ¡las flores silvestres pequeñitas que crecían junto al arroyo!
Voló hasta allí, y cuando tocó los pétalos blancos diminutos, su corazón hizo zum-zum-zum de felicidad. —¡Aquí! ¡Aquí es donde pertenezco! —cantó alegremente. Las flores silvestres le susurraron secretitos dulces, y Zuri supo que había encontrado su lugar en el mundo.
Esa noche, cuando mamá Abeja la arropó en su celdita de cera tibia, Zuri zum-zum-zumeó una canción de cuna sobre las flores pequeñitas que guardan los secretos más grandes. Y sus alitas brillaron más doradas que nunca, porque ya no estaba perdida.
En el jardín del bosque, las flores más pequeñas a veces tienen el néctar más dulce.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —dijo Quelina con voz suave como la miel—. ¿Has probado a quedarte quietecita y sentir cuál flor te llama?
✨ En el jardín del bosque, las flores más pequeñas a veces tienen el néctar más dulce.