← Cuentos

13

La estrellita que se escondió en el corazón

Luciérnaga bebé Brilli

En el valle donde nacen las primeras estrellas, cuando el cielo aún huele a miel y canela, una pequeña luciérnaga llamada Brilli despertaba cada atardecer con su pancita brillando como una gotita de luna.

Brilli tenía las alitas más suaves del bosque y una luz tan tierna que las flores se inclinaban para verla mejor. Cada noche volaba entre los juncos, jugando a las escondidas con las libélulas y cantando tin-tin-tin con su vocecita de cristal.

Pero esa mañana, cuando Brilli se despertó para su vuelo nocturno, algo extraño había pasado. Su pancita, que siempre brillaba como un sol pequeñito, estaba oscura como la tierra mojada. ¡Su luz se había escondido!

—¿Dónde está mi estrellita?— susurró Brilli, tocándose la pancita con sus patitas diminutas. Intentó sacudirse fuerte: ¡nada! Intentó cantar más alto: ¡tin-tin-tin! Pero su luz no aparecía.

Las otras luciérnagas comenzaron a volar, pum-pum-pum con sus alitas, iluminando el bosque como pequeñas linternas danzantes. Brilli las siguió, pero se sentía invisible, como si fuera solo una sombrita perdida entre tanto brillo.

—No puedo volar sin mi luz— murmuró, y sus ojitos se llenaron de gotitas saladas como el rocío de la mañana.

Se escondió bajo una hoja de helecho que olía a tierra fresca y a secretos guardados. Su corazoncito hacía pum-pum-pum muy despacito, como cuando llueve y todo está silencioso.

Entonces, entre las sombras plateadas, llegó Quelina caminando tan despacio que ni las hojas susurraron. Sus constelaciones doradas brillaron más suave que de costumbre.

—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón— dijo Quelina, sentándose junto a la pequeña Brilli. —Dime, pequeña estrella, ¿dónde crees que vive realmente tu luz?

Brilli se quedó muy quieta, muy quieta. Puso su patita sobre su pecho y sintió algo cálido, algo que hacía tick-tick-tick como un relojito de amor. De repente, su pancita comenzó a brillar suavecito, como cuando sale el sol detrás de las nubes.

—¡Mi luz estaba en mi corazón!— cantó Brilli, volando en círculos pequeñitos de alegría. Su mamá luciérnaga llegó volando y la abrazó con sus alitas tibias.

—Siempre estuviste brillando, mi pequeña estrella— le susurró mamá, y Brilli supo que era verdad.

Esa noche, el bosque brilló más hermoso que nunca, porque Brilli había aprendido que su luz nunca se apaga: solo a veces se esconde para que la encontremos de nuevo.

La verdadera luz siempre vive en el lugar más seguro: dentro de nuestro corazón.

EL MOMENTO DE QUELINA 🐢

Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. Dime, pequeña estrella, ¿dónde crees que vive realmente tu luz?

La verdadera luz siempre vive en el lugar más seguro: dentro de nuestro corazón.