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Ratón bebé Bigotes
Miedo a la oscuridad
El sol se despedía del bosque pintando las nubes de color durazno. Entre las hojas doradas, los últimos rayos de luz bailaban como mariposas perezosas. El aire olía a tierra húmeda y a las flores que se preparaban para dormir.
Bigotes era el ratoncito más pequeño del árbol hueco. Sus bigotitos temblaban cada vez que las sombras se hacían grandes. Cuando llegaba la noche, todo se volvía enorme: las ramas parecían brazos gigantes, las hojas susurraban secretos que no entendía, y su propia sombra se convertía en un monstruo que lo seguía.
"Mami, tengo miedo," susurró Bigotes, acurrucándose junto a su mamá ratón. "Las sombras son muy grandes y yo soy muy chiquito." Su mamá le acarició las orejitas con su patita suave. "¿Quieres que te acompañe a buscar tu pelotita que se cayó cerca del tronco?"
Bigotes asintió, pero cuando llegaron al lugar donde las sombras bailaban en la pared del árbol, su corazoncito empezó a latir muy rápido. "Pum-pum, pum-pum," hacía su pecho. Las sombras se movían como grandes fantasmas negros. Una rama crujió: "crack." Bigotes corrió a esconderse detrás de una hoja.
"No puedo, mami. Las sombras me dan mucho miedo," lloró Bigotes. Sus lagrimitas brillaban como pequeños diamantes. Se sentía tan pequeñito que parecía que las sombras podrían tragárselo completo.
Entre el susurro de las hojas apareció una figura familiar. Era Quelina, con su caparazón brillando suavemente en la penumbra. Las constelaciones doradas parpadeaban como pequeñas lámparas. "Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón," dijo con su voz de miel tibia.
Quelina sonrió con sus ojos sabios. "Bigotes, ¿sabes qué hacen las sombras cuando tú no las miras?" Bigotes negó con la cabecita. Quelina esperó en silencio, dejando que el misterio flotara en el aire nocturno.
Bigotes se asomó poquito a poco. En la pared del árbol, su sombra pequeñita se movía junto a él. Cuando levantó la patita, la sombra también la levantó. Cuando movió los bigotitos, la sombra hizo lo mismo. "¡Es igual que yo!" exclamó sorprendido. "¡Es mi amiga!"
Desde esa noche, cuando llegaba la oscuridad, Bigotes jugaba con su sombra. Hacían formas divertidas en la pared: mariposas, conejitos, flores. La sombra grande ya no daba miedo porque Bigotes había descubierto que él también tenía una.
Y cuando la luna llena apareció entre las ramas, iluminó a un ratoncito valiente que bailaba con todas las sombras del bosque, porque había aprendido que la oscuridad también puede ser un lugar para jugar.
Las sombras no son enemigas; son nuestras compañeras silenciosas que nos siguen para recordarnos que siempre tenemos quien nos acompañe.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. Bigotes, ¿sabes qué hacen las sombras cuando tú no las miras?"
✨ Las sombras no son enemigas; son nuestras compañeras silenciosas que nos siguen para recordarnos que siempre tenemos quien nos acompañe.