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El cuello que tocaba las nubes

Jirafa bebé Cuello

Sentirse diferente por tamaño

En la sabana dorada, donde el sol pinta rayas sobre la hierba alta, vivían muchos animalitos que jugaban juntos cada mañana. El aire olía a flores silvestres y a tierra tibia, y los pájaros cantaban canciones que sonaban como campanitas de cristal.

En esa sabana vivía Cuello, una jirafita bebé con manchas como pétalos de girasol. Sus patas eran largas y delgadas como palitos de bambú, y su cuello subía, subía, subía hasta casi tocar las nubes blancas que flotaban perezosas en el cielo azul. Cuello tenía unos ojos grandes y dulces que miraban el mundo desde muy, muy arriba.

Cada mañana, los conejitos, los erizos y las ardillas se reunían para jugar al escondite entre las flores bajas. Corrían entre las margaritas y se escondían detrás de las piedras pequeñitas. —¡Cuello, ven a jugar! —le gritaban desde abajo. Pero cuando Cuello se agachaba para jugar con ellos, su largo cuello se enredaba entre sus patas como un listón dorado que no sabe dónde ponerse.

—Pum, pum, pum —sonaban sus patas al tropezar. Los otros animalitos reían con cariño, pero Cuello se sentía como una torre muy alta en un mundo muy pequeño. Intentaba caminar despacito, despacito, pero sus patas largas daban pasos gigantes sin querer. Cuando trataba de beber agua del arroyo, tenía que hacer piruetas raras que lo mareaban.

Una tarde, mientras sus amigos jugaban a las carreras entre las flores, Cuello se quedó solito bajo un árbol grande. Sus manchas doradas se veían más pálidas, como si el sol se hubiera ido a dormir temprano. Se sentía diferente, tan diferente que sus ojitos se llenaron de gotitas cristalinas como el rocío de la mañana.

El viento sopló suavemente y trajo consigo el aroma de hojas viejas y sabiduría. Entre las sombras largas apareció Quelina, con su caparazón brillando como estrellas doradas en la tarde. Sus pasos sonaban como un tamborcito suave sobre la tierra. —Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —murmuró con voz de miel tibia.

Quelina se sentó despacito y miró hacia arriba, hacia las nubes que Cuello podía tocar. —¿Sabes qué ven tus ojos que nosotros no podemos ver? —preguntó con una sonrisa que llegó primero a sus ojos arrugaditos.

Cuello levantó su cabecita y miró hacia arriba. Por primera vez notó que podía ver los nidos de los pajaritos en las ramas altas, que podía oler las flores del árbol más grande, que podía sentir las nubes suaves rozar sus orejitas. Su corazón hizo 'pum-pum' pero esta vez de alegría, como un tamborcito feliz.

Al día siguiente, cuando sus amigos no encontraban la pelota perdida, Cuello la vio brillando entre las hojas altas. Cuando el conejito bebé se perdió, Cuello pudo verlo desde arriba y guiar a todos hacia él. Sus amigos aplaudían: —¡Clap, clap, clap! ¡Qué suerte tenerte, Cuello!

Esa noche, mientras las estrellas se encendían una por una como velitas en el cielo, Cuello se durmió sabiendo que su cuello largo era el regalo más hermoso que tenía para compartir con el mundo.

EL MOMENTO DE QUELINA 🐢

Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Sabes qué ven tus ojos que nosotros no podemos ver?

Ser diferente es ser especial de una manera que solo tú puedes ser.