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Sapo bebé Croac
No medir su voz
En el estanque de cristal, cuando la niebla danzaba entre los lirios, vivía el sonido más fuerte de todo el bosque. No era el rugido del viento ni el estruendo del trueno. Era la voz de Croac, un sapito bebé cuyo croar podía despertar a las estrellas.
Croac tenía los ojos más brillantes que dos gotitas de rocío y la piel verde como la primera hoja de primavera. Cada mañana saltaba sobre las hojas flotantes del estanque, inflando su gargantita como un globito dorado, y gritaba al mundo: «¡CROAAAC! ¡Aquí estoy! ¡CROAAAC!». Su voz era tan poderosa que hacía temblar los pétalos de las flores acuáticas.
Pero había un pequeño problema que crecía como las ondas en el agua. Cuando Croac croaba «¡Buenos días!» a la familia pato, los patitos se escondían bajo las alas de mamá pato. Cuando cantaba «¡Hola!» a los peces dorados, se hundían hasta el fondo lodoso del estanque. Cuando susurraba «¡Juguemos!» a las mariposas, volaban tan lejos que desaparecían tras las nubes.
Croac no entendía por qué todos huían de él. Saltaba de hoja en hoja, cada vez más fuerte: «¡CROAAAC! ¡No se vayan! ¡CROAAAC! ¡Soy amigable!». Pero mientras más gritaba, más solos se quedaban el estanque y él. Los nenúfares cerraban sus flores cuando lo escuchaban llegar. Hasta los grillos, que siempre cantaban por las tardes, guardaban silencio cuando Croac empezaba su serenata.
Una noche sin luna, Croac se sentó en el centro del estanque sobre una hoja que parecía una barca diminuta. Su gargantita dolía de tanto croar, y su corazoncito se sentía pesado como una piedrita en el agua. «¿Por qué nadie quiere ser mi amigo?», murmuró tan bajito que apenas se escuchó. Una lágrima pequeñita rodó por su mejilla y cayó al agua con un 'plip' silencioso.
El aire se volvió tibio y dorado. Una figura antigua emergió entre los juncos, con su caparazón brillando como un cielo estrellado. Era Quelina, caminando despacio sobre el agua como si fuera tierra firme.
«Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón», dijo Quelina con voz suave como la brisa. «Croac, pequeño cantor, ¿has escuchado alguna vez el sonido que hace tu corazón cuando está contento?»
Croac puso su patita sobre su pecho. Por primera vez en su vida, se quedó completamente callado. Y entonces lo sintió: pum-pum, pum-pum, un sonidito suave y cálido, como gotitas de lluvia sobre las hojas. «Es... es muy suavecito», susurró maravillado.
Esa noche, Croac aprendió que había dos formas de cantar: con la garganta y con el corazón. Al amanecer, cuando vio a los patitos nadando cerca, respiró hondo y croó suavecito: «buenos días...». Su voz sonó como el murmullo del agua entre las piedras. Los patitos levantaron sus cabecitas curiosas y nadaron hacia él.
Desde entonces, Croac siguió siendo el sapito más cantarín del estanque, pero ahora su croar sonaba como una caricia de viento. Y por las noches, todos los animalitos se reunían alrededor del estanque para escuchar sus canciones de cuna.
El agua del estanque guardó para siempre el eco de su primera canción susurrada, porque los sonidos más hermosos nacen cuando el corazón encuentra su propia música.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
«Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. Croac, pequeño cantor, ¿has escuchado alguna vez el sonido que hace tu corazón cuando está contento?»
✨ Los sonidos más hermosos nacen cuando el corazón encuentra su propia música.