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Estrella bebé Coral
Querer un amigo
En el fondo del mar donde la luz se vuelve azul, azul, azul, vivía una estrella de mar muy pequeña llamada Coral. Sus cinco bracitos brillaban como pétalos de rosa y cuando se movía, dejaba destellos dorados en la arena.
Coral era diferente a todas las estrellas de mar. En lugar de cinco brazos iguales, uno de sus bracitos era más chiquito, como si estuviera saludando siempre. Los pececitos nadaban muy rápido y ella no podía seguirlos. Los caballitos de mar danzaban en círculos y ella se mareaba. Las algas se mecían al ritmo de las olas, pero Coral se quedaba quietita en la arena, sintiendo cómo el agua fría le hacía cosquillas.
—Hola, hola —les decía a todos con su bracito pequeño—. ¿Quieren jugar conmigo?
Pero los cangrejos corrían de lado tan rápido que no la escuchaban. Las medusas flotaban como globos transparentes, muy arriba, muy lejos. Y Coral se quedaba ahí, en la arena suave, haciendo dibujitos con la punta de sus brazos. Círculos, espirales, corazones pequeñitos que la corriente borraba enseguida.
Cuando llegaba la noche y la luna se asomaba desde arriba del agua, Coral brillaba un poquito menos. Se acurrucaba contra una roca lisa y tibia, cerraba sus bracitos como una flor que se duerme, y suspiraba burbujas muy bajito.
—Ojalá tuviera un amigo —le decía al agua que la mecía—. Uno que me esperara aquí cuando me despertara.
Una noche, cuando las olas cantaban más suave que nunca, apareció despacio, muy despacio, una tortuga con el caparazón cubierto de estrellas doradas que brillaban como lucecitas en la oscuridad.
—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —le dijo con voz que sonaba como caracolas—. Dime, pequeña Coral, ¿has mirado bien a tu alrededor?
Coral parpadeó con sus bracitos. Entonces, por primera vez, se fijó en la roca donde dormía todas las noches. No era una roca... ¡Era otra estrella de mar! Una estrella grande y amable que había estado ahí siempre, esperándola, cuidándola mientras dormía.
—Hola, pequeñita —le dijo la estrella grande con voz cálida como la arena del mediodía—. Yo soy Perla, y he estado aquí todas las noches, esperando a que me descubrieras.
Desde esa noche, Coral nunca más se sintió sola. Perla le enseñó a hacer formas nuevas en la arena, le cantaba canciones de ballenas y le contaba historias de barcos que pasaban muy arriba. Y cuando Coral se quedaba dormida, Perla brillaba suavemente, como una lámpara de amor en el fondo del mar.
Las olas siguieron cantando, y ahora cantaban para dos amigas que se habían encontrado en la inmensidad azul.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. Dime, pequeña Coral, ¿has mirado bien a tu alrededor?
✨ A veces el amigo que buscamos ha estado ahí siempre, esperando a que abramos bien los ojos del corazón.