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El koala que no quería bajarse

Koala bebé Abrazo

Aferrarse, no separarse

En lo alto del eucalipto más grande del bosque, donde las hojas susurran canciones de cuna y el viento huele a miel y a sueños, vivía el koala más pequeño de todos. Sus bracitos eran redondos como algodones de nube, y sus ojitos brillaban como estrellas de chocolate.

Se llamaba Abrazo, y tenía el abrazo más cálido de todo el bosque. Pero Abrazo tenía un secreto: no quería bajarse nunca, nunca, nunca del árbol de mamá koala. Sus bracitos se aferraban tan fuerte al tronco que parecían pequeñas raíces de ternura.

—Ven, Abrazo —le decía mamá koala con su voz de miel—. Vamos a buscar hojas nuevas en el árbol de al lado.

—No, no, no —susurraba Abrazo, cerrando los ojitos muy fuerte—. Aquí estoy bien. Aquí huele a ti.

Mamá koala intentaba despegar suavemente sus bracitos, pero Abrazo se aferraba más fuerte. Intentaba cantarle canciones de aventuras, pero Abrazo escondía la cabecita en su pecho suave. El viento traía olores nuevos y hermosos, pero Abrazo solo quería el olor conocido de su mamá.

Los otros koalas saltaban de rama en rama, descubriendo hojas dulces y jugando con las mariposas doradas. Pero Abrazo se quedaba siempre en el mismo lugar, con sus bracitos como cadenas de amor alrededor del cuello de mamá.

Una tarde, cuando el sol se ponía rosa y naranja, Abrazo se sintió muy solo. Veía a los otros koalitos reír y explorar, pero él no podía soltarse. Sus bracitos temblaron como hojitas en el viento.

—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón —dijo una voz suave como el terciopelo.

Era Quelina, la tortuga sabia, con su caparazón brillando como un cielo estrellado. Se acercó despacio, muy despacio, hasta quedar junto al árbol.

—¿Sabes qué es lo más bonito de un abrazo, pequeño Abrazo? —preguntó Quelina, sonriendo con los ojitos.

Abrazo la miró sin soltarse de mamá. Quelina esperó en silencio, como esperan las flores a que salga el sol.

De pronto, Abrazo entendió algo hermoso: los mejores abrazos no son los que nunca se sueltan, sino los que siempre regresan. Como las estrellas que se van de día pero vuelven cada noche.

Sus bracitos se aflojaron poquito a poquito, como capullos que se abren. Mamá koala lo besó en la frente y le susurró:

—Siempre estaré aquí cuando regreses, mi tesoro.

Abrazo tocó una hoja nueva por primera vez. Olía diferente, pero seguía siendo hermosa. Y cuando miró hacia atrás, mamá koala le sonreía desde su rama, esperándolo con los brazos abiertos.

Esa noche, las estrellas brillaron más fuerte, porque habían visto nacer un abrazo que sabía irse y volver.

EL MOMENTO DE QUELINA 🐢

—Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Sabes qué es lo más bonito de un abrazo, pequeño Abrazo?

Los mejores abrazos no son los que nunca se sueltan, sino los que siempre regresan.