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Vaca bebé Manchita
Pesadillas nocturnas
Cuando la luna se asomaba por primera vez cada noche, algo extraño pasaba en el prado de las margaritas. Un mugido suavecito, como un suspiro con manchas blancas y negras, flotaba entre las flores dormidas.
Manchita era la vaquita más pequeña del prado. Sus manchas parecían nubes espolvoreadas sobre su pelaje blanco, y cuando caminaba, sus patitas hacían tip-tap-tip-tap sobre la hierba húmeda. Durante el día, Manchita saltaba entre las mariposas y bebía agua fresca del arroyo que cantaba rin-rin-rin.
Pero cuando las estrellas empezaban a parpadear, algo pesado se instalaba en su pecho pequeñito. Las sombras de los árboles se volvían muy largas y muy oscuras. Los sonidos del bosque se volvían diferentes: cric-crac, shhhhh, uuuhhh. Manchita se acurrucaba junto a mamá vaca, pero aún así... "Muuuuu", mugía bajito, con una tristeza que no entendía.
"¿Qué pasa, mi niña?" le susurraba mamá vaca, lamiendo sus orejas con su lengua tibia. "No lo sé, mami", decía Manchita. "Cuando cierro los ojitos, veo cosas feas que me dan miedo. Monstruos grandes con dientes puntiagudos y lugares muy oscuros donde no hay ni mamá ni papá".
Cada noche era igual: tip-tap-tip-tap hasta la cama de hierba, un beso de mamá que olía a leche tibia, y luego... las pesadillas. Manchita despertaba con su corazón haciendo pum-pum-pum muy rápido, y mugía tan fuerte que despertaba a todas las luciérnagas.
Una noche, cuando Manchita estaba mugiendo más tristemente que nunca, apareció una figura lenta entre las sombras. Era Quelina, con su caparazón lleno de estrellas doradas que brillaban como pequeñas lámparas en la oscuridad.
"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón", dijo Quelina con una voz que sonaba como arrullitos de paloma. Se sentó junto a Manchita y esperó en silencio. Luego, con sus ojos sabios que brillaban como lucieritos, preguntó: "¿Has intentado alguna vez llevar algo bonito contigo a los sueños?"
Manchita parpadeó. Nunca había pensado en eso. "¿Como qué, abuela tortuga?" "Como el olor de tu mami, o el sonido del arroyo que canta, o el recuerdo de las mariposas amarillas que juegan contigo", murmuró Quelina.
Esa noche, Manchita cerró sus ojitos y en lugar de esperar a ver qué pasaba, llenó su mente con el aroma de la leche tibia de mamá. Cuando apareció algo feo en su sueño, Manchita pensó en el rin-rin-rin del arroyo. Y algo mágico sucedió: las cosas feas se fueron como se van las nubes cuando llega el viento.
Desde entonces, Manchita siguió teniendo sueños, pero ahora llevaba su caja de tesoros bonitos: el beso de mamá, el tip-tap de sus patitas en la hierba, y las estrellitas doradas de Quelina que siempre, siempre la cuidaban.
EL MOMENTO DE QUELINA 🐢
"Detente un momento... y escucha lo que el viento tiene que decirle a tu corazón. ¿Has intentado alguna vez llevar algo bonito contigo a los sueños?"
✨ Los sueños también pueden llenarse de las cosas hermosas que guardamos en el corazón.